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17.01.2019 Críticas  
El bombardeo y la parálisis de la perplejidad

El Teatre Tantarantana hace posible el estreno de Los niños oscuros de Morelia en Barcelona. Un texto de Albert Tola, dirigido con gran sensibilidad por Elena Fortuny, y unas interpretaciones entregadas, lacerantes y valientes de Lluís Marquès y Rodrigo García Olza nos esperan para descubrir(nos) y compartir una dolorosa historia. Oculta, precisamente, tras la Historia.

Tola ha sido muy valiente al desarrollar esta pieza. Inteligencia, perceptibilidad y delicadeza para introducir la temática y sabiduría y acierto para aprovechar la característica evocadora de las artes escénicas. Juegos macabros que siempre encuentran su porqué implícito a través de la implicación de los espectadores, que traeremos en nuestro equipaje el conocimiento que podamos tener sobre el periodo histórico que sirve de contexto. Un lenguaje interno inquietante, sombrío y turbador (¿qué diría Michael Haneke?) que lejos de causar controversia formal consigue evidenciar que lo realmente polémico sigue siendo lo que sucedió. La realidad supera a la ficción, eso es cierto. Pero las herramientas que aporta aquí la segunda son no solo útiles sino que sirven de lupa y vendaje al mismo tiempo.

El trabajo de Lluís Marquès y Rodrigo García Olza nos transmite esa constante y creciente urgencia que sienten los personajes a través de una inquebrantable búsqueda del uno en los ojos del otro. La labor de ambos es clave para el éxito de la propuesta. Juntos consiguen mostrar el terrible y temible paso de la pérdida de la inocencia y la toma de consciencia de su situación y funesto destino. Hay una adecuación a la edad que se les supone a los personajes a partir tanto de la elocución como del movimiento corporal y de la integración con los objetos de utilería. La escucha escénica que realizan el uno del otro resulta algo tan absorbente como capaz de guiarnos de principio a fin. Capaz de mostrar a la vez toda la luz y la oscuridad, entre la presencia y la evocación.

La naturalización de todos estos factores engrandece la propuesta de un modo muy especial. Marquès transmite y evidencia todo lo intrínseco de su personaje a través de una mirada que se convertirá en atalaya de la obra, captando al mismo tiempo el impacto de lo que sucede y la reacción emocional. García Olza lo mostrará todo a través de una contención que irá abandonando progresivamente a medida que se entrega a la recreación de personajes y sucesos hasta que consigue mostrarnos todos sus porqués y superar de algún modo la parálisis de la perplejidad. Ambos sobresalen al mostrar y asimilar las truculentas connotaciones de los constantes cambios de rol de sus juegos, entre el dominio y el acorralamiento, hasta conseguir un auténtico bombardeo emocional entre la premonición y la necesidad.

La dirección de Fortuny logra captar tanto las resonancias como los requerimientos del texto. Juega muy bien con las atmósferas recreadas por la iluminación de Sylvia Kuchinow y el espacio sonoro de Roger Julià y en el que la directora también ha colaborado. De este modo, muestra la reclusión y la prohibición de lo que acontece en escena y al mismo tiempo el aislamiento interior de los protagonistas. Ha guiado con conocimiento y cariño a los intérpretes por este torbellino impresionable y turbador transmitiendo y asimilando todas las connotaciones de la pieza. La escenografía y vestuario (de Meritxell Muñoz y Fortuny) juega con los mínimos elementos manteniendo un equilibrio muy potente entre la caracterización, lo evocado, recreado e imaginado y la reclusión y clandestinidad de estos juegos fatídicos. La asimilación de la crueldad de lo acontecido a través del extravío de la ingenuidad. Condena y absolución al mismo tiempo.

Finalmente, aplaudimos de nuevo la osadía de todos los implicados por emprender un viaje que se explica y nos sitúa frente a un dolor tan angustioso como paralizante. Un lugar peligroso que, en manos menos hábiles, podría crear una coraza para la vulnerabilidad del espectador y que, sin embargo, nos toma de la mano y nos interpela hasta transmitirnos esa misma intrepidez. Una inmersión profunda que exorciza el malestar interior de la infancia y la adolescencia al mismo tiempo que lo sitúa en un contexto tan terrible como funesto de un pasado al que le descubrimos una de sus heridas más ocultas y, por tanto, dolorosas. Un espectáculo sobrecogedor y emocionante.

Crítica realizada por Fernando Solla

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