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09.01.2019 Críticas  
Cuando la poesía se materializa

Pluja es un espectáculo creado por Guillem Albà y Clara Peya que puede verse estos días (con entradas agotadas) en la Sala Beckett de Barcelona. Un show cuidado y creado a cuatro manos en el que confluyen más de dos almas. Dicen que Pluja nace de la amistad que une ambos. Un espectáculo que habla de la vulnerabilidad. De sentirse pequeño.

Albà y Peya, el binomio perfecto, explican el espectáculo como: Un conjunto de pequeñas acciones. Pequeñas notas musicales. Pequeñas gotas de lluvia. Un piano de media cola. Una grada. Un público rodeando la escena, muy cerca de la acción. Atentos a los pequeños detalles. Y la imaginación de los dos artistas jugando ante el público. Cara a cara. Sin lugar a los artificios, los trucos, a las falsas lágrimas. Clara y Guillem. Sinceros, honestos, desnudos. Tocando, bailando, mirándose, cantando.

Y podemos dar fe que esta pequeña sinopsis (y simbiosis) es totalmente real. Pluja es un espectáculo íntimo y cercano. Un sinfín de acciones que se complementan, se juntan, se retuercen y crean poesía visual en un espacio reducido.

Una pequeña grada semicircular los abraza. Los abrazamos. Nos abrazamos también; ya que el reducido espacio nos hace formar parte del todo, tocarnos, sentirnos… Eso que no hacemos casi nunca ni con nuestros allegados, lo hacemos con un extraño y no nos importa. Pluja nos hace sentir la acción desde un plano tan cercano que el público no está acostumbrado. Cuesta apretarse, cuesta tocarse. Pero la incomodidad inicial se vuelve normalidad una vez todo el público queda situado en la grada.

Pluja es un juego visual y sensorial que nos engloba en un todo y nos acaricia a base de notas lanzadas desde el piano de Peya y la originalidad del clown de Albà. Ella: presenta sus impactantes composiciones y, por primera vez, se anima al texto. Habla, se expresa verbalmente, juega. Algo que al principio nos desconcierta ya que cuando Clara Peya actúa, sus pianos hablan por ella; pero que luego agradecemos. Él: preciso, atento y atrayente; es como un niño con zapatos nuevos. Amas todo lo que hace, lo que te muestra (y lo que no). Y sobretodo, sorprende con cada marioneta que nos presenta en un perfecto control sobre el escenario que sorprenderá al público asistente. Si las marionetas de dedo hipnotizan, la de mano parece que tenga vida propia.

Las piezas creadas por Peya nos llevan a vivir durante 45 minutos en otro plano, al igual que la genialidad de Albà quien controla perfectamente la dialéctica y el tiempo escénico, llevándonos a querer saber más de estas piezas aparentemente sin sentido que, unidas por un sentimiento de vulnerabilidad, nos llevan a un momento de cohesión grupal; el aquí, el ahora. Como dice Albà: “porque sí, porque estamos vivos”.

En definitiva, Pluja es un espectáculo sencillo a simple vista: una grada, unas luces, unas marionetas, un piano y dos artistas. Un tema complicado de expresar, unas ideas que llegan al espectador, la poesía hecha espectáculo.

Crítica realizada por Norman Marsà

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