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28.11.2018 Críticas  
Teresa somos todas

Han pasado justo veinticuatro horas desde que viví La guerra según Santa Teresa en el Teatro Pradillo de Madrid, y en estos momentos Teresa comienza a contar cómo se ha recorrido toda Europa recopilando reliquias de la santa. A dos semanas de la finalización del Festival de Otoño, este proyecto de María Folguera y Julia de Castro es la guinda de este festival. He dicho.

En un primer vistazo a la programación del Festival de Otoño, a uno se le van los ojos a los grandes nombres, a los cabezas de cartel o a los titulares que coronan como el mejor espectáculo estrenado en Reino Unido o multipremiado por la crítica de Varsovia. La guerra según Santa Teresa he de reconocer que a mi se me pasó en esa primera lectura del programa, y que solo leyendo detenidamente el equipo involucrado reparé en mi error, rápidamente enmendado.

La guerra según Santa Teresa es una revisión del montaje estrenado en octubre de 2013 en otro festival, el Gigante de la Sociedad Cervantina de Madrid. Partiendo de una relectura de El Libro de la Vida y de Meditaciones sobre los Cantares, María Folguera quiere comprender las experiencias de esta mujer, que se centró en sufrir, evangelizar y amar a su Señor. Julia de Castro y Carlos Troya emprenden la investigación en escena del análisis de la Santa, donde, como un juego de rol, van intercambiando los papeles y convirtiéndose en los personajes relevantes de la vida de Teresa; saltando en el tiempo para tener perspectiva de sus prácticas y aprendizajes. Mientras sucede este diálogo, Eva Zaragozá Marquina ilustra en vivo las reliquias y la vida de esta santa, en unas tablillas que cobran vida bajo sus pincles y conforman el camino de esta historia.

La fascinación por el proyecto y lo que en él se cuenta me hace muy difícil expresar con palabras lo que me ha producido este montaje, solo comparable a lo presenciado en la sala Umbral de Primavera cuando estrenaron La Cena del Rey Baltasar de Carlos Tuñón, también con cierta temática sacra (voy a empezar a preocuparme). Hace unas semanas pude ver a Julia de Castro en el Teatro Español en Los Cuerpos Perdidos y mantengo la apreciación de considerarla magnética. Su forma de orar los textos es precisamente lo que más valoro de su arte, ya que logra esa naturalidad que considero necesaria en el teatro, para eliminar el artificio y la solemnidad que se sigue estilando en muchos montajes.

Hace unos días pude asistir a un acto presentación de la recopilación de los cinco trabajos escénicos, hasta el momento, de Pablo Remón, y conversando con Alfredo Sanzol comentaba que admiraba de éste la forma de expresarse de sus personajes, que otro camino es posible en el teatro, y que esa cercanía o reconocimiento de la realidad, es lo que él perseguía con su teatro: hacer que los personajes hablen «normal», para así poder conectar mejor en lo que le están contando. Y esto mismo es lo que creo que ha conseguido María Folguera, no ya con el texto, sino con el trabajo de dirección con los dos actores. Julia de Castro no recita los versos o las palabras de Teresa, los dice, y aunque son palabras o expresiones completamente en desuso, suenan actuales, uno no se «extraña» de lo que está escuchando, y capta el mensaje a la perfección. Lo mismo ocurre con Carlos Troya, al que espero ver muy pronto en otras salas: su corrección en la dicción, aderezado con su sugestiva voz, y un movimiento escénico estudiado al milímetro, hace que sea una delicia total seguir sus pasos sobre la escena.

La guerra según Santa Teresa es al teatro, lo que El Código da Vinci a la literatura (obviando la calidad discutible del mismo, que Folguera no es Dan Brown, y a Santa Teresa gracias!). Este montaje se convierte por momentos en una película de aventuras, un thriller arqueológico sobre la vida y obra de la mística, y un grupo de jóvenes fascinados por la historia. Hasta la estética del montaje, soportada por un extraordinario vestuario a cargo de Carmen 17, es poderosa y echo en falta un stand de merchandising para poder tener el crop top con capucha, el cortavientos de Troya, y la gabardina negra de De Castro con el certero detalle del cinturón: todos con la protagonista a la espalda, porque todos son Teresa, y yo también quiero serlo.

Otros cinco años no deberían pasar para que esta representación tenga vida en la cartelera más allá de cuatro sesiones matinales durante el festival. No estaba yo al 100% como espectador el día de la representación (una vez más, acontecimientos vitales adversos) pero si teniendo mermada mi capacidad de atención, disfruté tanto este montaje y pude convertirme momentáneamente en ese cuerpo físico de treinta y pocos años, usado por la actriz en la representación, no me quiero imaginar cómo hubiese sido el resultado del impacto emocional de La guerra según Santa Teresa: extático, seguro.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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