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21.11.2018 Críticas  
¿Por qué ya no sonríes, hijo?

Otra joya del Festival de Tenerife pudo ser vista estos días en el Teatro Guimerá. La pieza He nacido para verte sonreír, escrita por el dramaturgo argentino Santiago Loza y dirigida por Pablo Messiez, es una prueba más de que la propuesta cultural del festival tiene un nivel de excelente calidad.

La historia se presenta abierta desde el principio, sin rodeos ni ambigüedades. Una madre devota, amante y tradicional debe decir adiós a su único hijo; un adiós tardío, pues ese hijo hace ya un tiempo que se ha ido. Ella no entiende por qué; incluso no puede evitar sentir gran culpa por su marcha, pero acepta esa ausencia sin reproches, sin recriminaciones, porque ha asumido el hecho de que ni siquiera él podía cambiar el curso de su enfermedad mental. No obstante, hay una cosa que sí le reclama: poder verle sonreír; aunque sea por última vez, antes de partir hacia el lugar del que probablemente nunca volverá. Esa demanda no es fruto de un capricho de madre emocionalmente trastornada, es el ruego desesperado por necesitar vislumbrar un último ápice de cordura del ser que fue el centro de su vida durante décadas. Para ella significa volver a recuperar esa complicidad que un día hubo entre madre e hijo; aunque eso supuso aislarse de su marido y del resto del mundo. Pero, ¿qué no haría una madre por un hijo?, ¿qué precio no pagaría una mujer por mantener un vínculo tan estrecho con el ser que surgió de sus entrañas?

Este hilo argumental de una madre que exprime la última hora que puede pasar a solas con su hijo, antes de que llegue su esposo para llevarlo a un centro psiquiátrico; pues ellos ya no tienen la capacidad de lidiar con él, ni con su enfermedad mental; ha sido el germen de esta obra que, durante poco más de una hora, hace que el público vibre en su butaca, planteándose hasta qué punto debemos darlo todo en el amor, en nuestras relaciones o en lo que la sociedad espera de nosotros. La razón de esta reflexión se origina en el hecho de que durante el transcurso de la obra, solamente oímos hablar a Miriam, la sufrida madre. Ella comparte con su malogrado hijo sus más intimas reflexiones; desde anécdotas de su infancia, pasando por su matrimonio y acabando con el martirio que ha supuesto para ella la evolución de la fatídica afección. Él, mientras tanto, le responde con un absoluto y desgarrador silencio; una ausencia que a veces él decide interrumpir cuando el frigorífico emite algún sonido o cuando en la radio suena la música. Dentro de todo este drama, se puede vislumbrar a una mujer ahogada dentro de una vida convencional, en un matrimonio convencional, donde no hay amor ni pasión. Miriam se nos antoja una mujer aparentemente desagradable; antipática a veces, pero a la vez con un gran corazón y una inmensa capacidad para amar. Todo lo podía soportar, hasta ahora. Una vez que su hijo se acabe de marchar, ella va a estar perdida.

Otro ingrediente que se suma a la conjunción perfecta de esta obra es la puesta en escena. Todo transcurre en la cocina. No es casualidad, pues, ¿dónde si no tenemos las más significativas e interesantes conversaciones? Esta está rodeada de unas ramas gigantes pero secas, que bien podrían simbolizar el cálido nido que una vez representó ese hogar. La iluminación varía de forma sutil, quizás queriéndonos indicar los pequeños momentos de lucidez que madre e hijo experimentan durante su despedida. En cualquier caso, esta puesta en escena está en total armonía con el resto de la obra. Todo es pura delicadeza y sensibilidad, donde se ha puesto cariño hasta en el último detalle.

Las interpretaciones de Isabel Ordaz y Fernando Delgado-Hierrro son el colofón a una presentación tejida con la máxima delicadeza y exquisitez. Isabel Ordaz y Fernando Delgado-Hierro han asumido y superado con matrícula sendos personajes igualmente complicados. Tan difícil es llevar todo el peso del diálogo (¡y qué diálogo!), como no decir nada pero decirlo todo utilizando solo los gestos y la mirada. Ambos interpretan un baile magnífico sobre el escenario, sin pisarse ni perder el ritmo. El resultado son unas brillantes interpretaciones que dejaron a un público atónito y entregado ante el regalo que acababa de recibir.

Crítica realizada por Celia García

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