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19.11.2018 Críticas  
Una actriz en toda su plenitud

El Onyric Teatre Condal hace posible la visita de 24 hores de la vida d’una dona a la ciudad de Barcelona. Un espectáculo que vincula el nombre de Stefan Zweig con el género musical y que nos obsequia con una interpretación excelente de Silvia Marsó. Una pieza ambiciosa y arriesgada que consigue algunos momentos dignos de mención.

La inmersión profundísima que el autor austríaco realizó en el alma femenina ya en 1927 es algo todavía no superado casi un siglo después. Un retrato de clase y de género a partir de un personaje atrapado desde ambos puntos de vista. Una narración corta que solo necesita de un día para debatir y desmontar los cánones ideológicos sobre la moralidad, la agitación más apasionada y su explosión incontrolable, el conflicto interno, el nacimiento del amor y también su aniquilación, la compasión, el azar, la prudencia y su renuncia… Algo verdaderamente increíble y que sirve de base para la dramaturgia de Stéphane Ly-Cuong y Christine Khandjian.

El texto capta la esencia del original a través de tres únicos personajes. La decisión de centrase en la relación de la viuda inglesa y el diplomático polaco favorece la opción musical. Focalizar en la figura de un narrador, omnisciente y confidente, al resto de personajes con los que se pueda entrar en conflicto, acerca la propuesta al formato íntimo que se pretende. Que los personajes canten cuando ya no pueden seguir hablando suele hacer avanzar su recorrido a la vez que el desarrollo narrativo de las piezas de este género. Sin embargo, la partitura de Sergei Dreznin lo enfatiza todo mucho pero de un modo lineal, más cercano al recitativo que al musical, a partir de la preeminencia de instrumentos de cuerda. Esto no tiene por qué ser un problema. Aunque sí que es cierto que las canciones no siempre justificarán el momento en el que aparecen ni hacen avanzar la acción siempre, sí que la acompañan. Tanta presencia rebaja un poco la carga ideológica de Zweig, ya que las piezas se centrarán más en citar que en desarrollar los conceptos como la dignidad o la validez del comportamiento de la protagonista.

Pero ahí está Silvia Marsó que se adueña del escenario en todo momento. Su interpretación es capaz de integrar texto, canto y coreografía de un modo totalmente naturalizado. Un esfuerzo titánico y extenuante que la actriz supera con nota. Verdadera embajadora del original de Zweig y capaz de escenificar toda la carga moral e ideológica que comentábamos. Una fisicidad muy bien entendida y adecuada que mudará en función de la edad que tenga el personaje en cada momento. Una mirada y una expresividad facial penetrante y muy matizada que nos atrapa y de la que solo podremos desviar la atención para admirar su movimiento por el escenario. Especialmente en el último tramo, cuando su personaje se muestra del todo ante nosotros, el espectáculo sube de temperatura y la actriz es capaz de llegar hasta el último rincón del teatro. A todos y cada uno de los espectadores. Una interpretación tan elaborada como el personaje que tiene el honor de interpretar. Una actriz que parece utilizar todo lo aprendido hasta ahora con generosidad, arrojo y valentía tales que no podemos hacer más que rendirnos ante ella.

A su vez, Marc Parejo y Germán Torres aprovechan esta condición a medio camino entre los personajes evocados y los que confrontan y se encaran con la protagonista. Se mueven con aparente comodidad en el terreno musical y se convierten en un buen contrapunto para la interpretación del personaje principal. Esto también está favorecido por la interacción con los músicos en momentos puntuales.

La dirección de Ignacio García dota de unidad a la propuesta y consigue este buen resultado con los intérpretes. Se agradece el esfuerzo de todos por el cambio de idioma al catalán para su estancia en la Ciudad Condal. A destacar, la dirección musical de Josep Ferré (así como su ejecución al piano y la de Edurne Vila y Esther Vila al violín y violoncelo, respectivamente) y las coreografías de Helena Martín de fuerte carga simbólica en algunos momentos. También la escenografía de Arturo Martín Burgos y el diseño de iluminación de Juanjo Llorens, que consiguen insinuar antes que mostrar y que se adecúan a la perfección a este terreno entre evocado, rememorado y real, así como propician los cambios de acción, época y lugar. Especialmente remarcable el diseño de vestuario de Ana Garay, capaz de mostrar con el cromatismo y el cambio de piezas tanto la edad física como el estado y nivel de apasionamiento de su protagonista. Pieza única para los hombres, a los que también definirá y que podremos captar con solo una mirada.

Finalmente, 24 hores de la vida d’una dona supera la duda principal con la que los más reticentes puedan aproximarse al espectáculo: sí se puede hacer un musical con la pieza de Zweig. De nuevo, y por encima de todo, la interpretación de la actriz protagonista se convertirá en lo verdaderamente deslumbrante de la función, capitaneando a un equipo solvente y comprometido con la propuesta que se trae entre manos.

Crítica realizada por Fernando Solla

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