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15.11.2018 Críticas  
Pasión arrebatadora

Dicen que el primer amor deja huella… Pero, seamos sinceros: musicales sobre primeros amores y amores verdaderos hay a docenas. Podría parecer que 24 hores de la vida d’una dona, con el que Silvia Marsó vuelve a Barcelona, trata de una viuda que descubre el amor, pero nos engañaríamos: de lo que habla este musical que podemos ver en el Onyric-Teatre Condal es de la pasión.

Y la pasión entendida en un sentido amplio y puro. Pasiones adictivas, literalmente arrebatadoras, que alteran por completo a una persona y que, o bien no pueden ser nunca superadas, o la transforman por completo, dejando a su paso a alguien más vivido pero también más vacío. El autor de la novela original, Stefan Zweig (Carta de una desconocida, Novela de ajedrez), aprovechó su dominio de la psicología para adentrarse en el alma de una mujer que pasa por todos los estados de ánimo en todas las intensidades durante un solo día. Una experiencia dramática, pero de todas formas creíble.

El título ha tenido una plétora de versiones cinematográficas (la más reciente de 2002), hasta que Stéphane Ly-Cuong y Christine Khandjian la llevaron a los escenarios franceses en 2015 con música de Sergei Dreznin. Silvia Marsó lleva año y medio girando por España con este título, que ahora nos llega en catalán (versión de Roser Batalla), y pese al cambio reciente de lengua, se nota que domina todos los resortes de la obra. Marsó está en muy buena forma y, bajo la dirección de Ignacio García, pasa de la vejez a la juventud, de la observación siniestra a la euforia más sensual, con todas las tablas de la profesión. Ella lleva el peso físico y emocional de la obra, y atrapa al espectador en cada uno de sus giros.

A su lado, un trío instrumental, suficiente para defender la partitura de la obra (aquí con toques de cabaret, allá con ritmos de vals o de tango), y dos actores: Germán Torres y Marc Parejo. Uno interpreta al interlocutor de la dama anciana, una especie de demiurgo/diablo/dios fortuna que, con gestos de prestidigitador, se encarga de que los apasionados no puedan resistirse a sus impulsos y que, en el fondo, está encantado con la condición humana. El otro, al diplomático jugador a quien la mujer conoció en su juventud en un Casino de Montecarlo, aquella noche que lo cambió todo…

Las coreografías de Helena Martín son sencillas pero eficaces, y junto a la iluminación precisa de Juanjo Llorens ayudan a concentrar la atención en los espacios necesarios. E incluso a conjurar las emociones adecuadas, como sucede particularmente en la malsana canción de las manos en el casino.

El decorado firmado por Arturo Martín Burgos, viste la desnudez del escenario con cuatro larguísimos pañuelos que van encuadrando y velando espacios, un corto tramo de escaleras y unas piedras metamórficas que evocan lugares concretos. Es efectivo, aunque en un escenario como el del Onyric-Teatre Condal deja ligeramente en evidencia el origen de la pieza como musical de cámara.

El otro elemento que viste la pieza, valga la redundancia, es el vestuario, particularmente el de Silvia Marsó: Ana Garay ha diseñado una serie de conjuntos que describen la feminidad de la protagonista desde varios puntos de vista, significando edad, elegancia o sensualidad.
La historia que explica 24 hores de la vida d’una dona no es compleja. Eso no resta, sin embargo, ni un ápice de potencia demoledora a su discurso sobre la pasión, la cordura y la sumisión de esta al “qué dirán”. Y si además nos vuelve a traer a Silvia Marsó a Barcelona, ¡qué más se puede desear!

Crítica realizada por Marcos Muñoz

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