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12.11.2018 Críticas  
Encontrarse a una misma es encontrar un lugar en el mundo

La Sala Atrium nos ofrece la posibilidad de sumergirnos en un universo que precisamente por ser femenino se convierte en universal. Una dona en el mirall nos sitúa ante un texto de una delicadeza extrema que sabe indagar en el caso particular para retratar y relatar el desarrollo de la identidad de la mujer durante varias décadas. El entonces y el ahora, el aquí, allí y el cualquier lugar.

El ámbito público y el privado. El exterior y el interior. Del mundo y de una misma. Así plantea la propuesta Denise Duncan, directora y dramaturga de la pieza. Dos mujeres cuyo encuentro de una noche cambiará sus vidas para siempre. Dos líneas temporales para dos historias que serán, al fin, una. O cuatro, ya que podremos compartir el recorrido de todos los personajes. La huída de un lugar pero también del personaje que de algún modo representamos. Es curioso cómo se refleja de regresión en la actitud y el posicionamiento para encontrar la propia identidad por contraste entre las dos épocas y con el reparto a dos de los personajes.

Un constante flashback y flashforward que siempre sucederá a la vista del público. El diseño de iluminación y escenografía de Tania Gumbau aprovecha muy bien las características del espacio, convirtiendo la infraestructura de la sala en seña de identidad de la propuesta. Cada objeto parece estar ahí por algún motivo y la prominencia de marcos (ya sean cuadros o espejos, vacíos o no) remarca muy bien la idea y las connotaciones de mirarse y reflejarse, de verse a una misma a través de los ojos de la otra y de empezar a quererse y a valorarse por lo que se es y no por lo que se debería ser o aparentar ante ojos ajenos. La ductilidad y versatilidad de las piezas de vestuario también ayuda al desarrollo narrativo y de los personajes. Los cambios de época y de caracterización los realizarán la una frente a la otra, reforzando esta imagen de reverberación espontánea e inconsciente. De algún modo sentiremos que el personaje que interpreta una actriz en una época le pasa el testigo a su compañera en la otra y viceversa. Este juego resulta efectivo y adecuado pero sobretodo muy hermoso y dotado de una fuerza dramática indiscutible y muy bien hallada.

Secretos y reflexiones sobre el papel atribuido a (y asumido o rechazado por) la mujer. También sobre las formas de comunicación interpersonales y la necesidad y urgencia por dejar huella. También mediante las redes sociales o la música. Destaca, precisamente, la importancia de esta disciplina tanto para ambientar como para acompañar los cambios y transiciones entre épocas y personajes. También la selección de piezas musicales. Detalles que el diseño de sonido de Jordi Sala incluyen y naturalizan como un elemento más en favor del resultado final. Un envoltorio que se convierte en requisito imprescindible e indisociable y que termina de redondear la propuesta. Otro punto a favor es la libertad que Duncan se ha tomado para dotar a cada escena y a cada momento de la duración necesaria para explicar lo que debe, sin buscar nunca una estructura cerrada. Nos quedaremos siempre en el lugar y durante el rato que los personajes necesiten.

Esto no sería posible sin dos intérpretes que nos cautivan desde su aparición en escena. Tanto Anna Farriol como Anna Massó son capaces de mostrar el alma de esta propuesta. Muy interesante su doble faceta de intérpretes y traductoras de la pieza. El uso del lenguaje está trabajado con un mimo evidente y eso se ha trasladado a la oralidad de un modo orgánico y muy delicado. Ambas saben encontrar el tono idóneo para cada momento y se adaptan al juego del desdoblamiento con pasmosa espontaneidad. Un cambio de peinado es suficiente para transformarse en la otra persona a la que dan dan vida. La expresión corporal y ejecución de la coreografía están muy bien integrandas para mostrar el desarrollo y carácter de los personajes. Cada una a su manera pero en completa harmonía nos regalan dos interpretaciones que calan hondo y transmiten el mensaje, aprovechando y creciéndose en la corta distancia. Farriol, además, nos regala algunas aproximaciones más que notables a distintas canciones muy diversas entre sí. Juntas se (y nos) acompañan en todo momento y saben dar en la tecla adecuada para que un personaje empuje y se apoye en el otro para llegar al lugar donde debe situarse. Siempre.

Finalmente, Una dona en el mirall consigue la reivindicación a partir de la construcción de los personajes y el desarrollo de su propia historia. Tanto el texto como la apropiación que las intérpretes hacen del mismo logran que la empatía nos embargue de un modo totalmente inmersivo. La necesidad y la curiosidad por descubrir(se) más allá del tiempo y el lugar como una manera para encontrar nuestro lugar (femenino) en el mundo. Una propuesta que recordaremos por la calidez de su puesta en escena y por el trabajo de dos actrices cuyo nivel de implicación transmite un sentimiento de pertenencia que traspasa la cuarta pared y nos sitúa en el mismo nivel que las protagonistas. Una visita necesaria e hiperestésica que nos recuerda que la vida no es completa (y por tanto no es) si no se vive en tiempo presente.

Crítica realizada por Fernando Solla

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