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31.10.2018 Críticas  
El desafío del autodescubrimiento

El Escenari Joan Brossa propicia un feliz reencuentro. Blanca desvelada se consolida como uno de los espectáculos más aplaudidos de la cartelera gracias a un texto potente y a una aproximación e interpretación de Alejandra Jiménez Cascón que nos desarma y nos mantiene absortos mientras dura la representación.

Cuando se tiene algo que decir (que se convierte en algo que escuchar) no se puede limitar el recorrido vital de un espectáculo a un periodo de exhibición cerrado, único o concreto. Hasta doce personajes que interactúan y mantienen intensas conversaciones nos convierten en testigos de una singular y constante metamorfosis escénica. Una única actriz que los recrea a todos y por si esto fuera poco, en distintas épocas y lugares. Sin necesidad de apoyarse en cambios en un espacio escénico que se mantendrá prácticamente vacío, ni mudas en el vestuario o la caracterización. Un viaje del que se desprende compromiso y urgencia. Una pieza de creación en la que cada palabra está ahí por algún motivo que tiene algo que ver con la construcción y el desarrollo de los personajes. También de sus vínculos y motivaciones.

Hay que destacar el trabajo en la dirección de Montse Bonet. Es muy importante, y más tratándose de un espectáculo con un desarrollo tan particular, que el texto sea procesado convenientemente. Tampoco es tan habitual, por lo menos cuando nos aproximamos al monólogo o unipersonal “serio”, que las figuras de autora e intérprete coincidan en la misma persona. La necesidad de situar a cada personaje en un lugar concreto para que el recorrido de la protagonista y de todos los demás sea completo (y respetando toda su complejidad identitaria y estructural), requiere de una sensibilidad muy especial que aquí se percibe y se agradece. Bonet ofrece mucho más que un acompañamiento y del trabajo conjunto se benefician texto, actriz y público. La directora sabe marcar o fijar el tempo y apoyar y guiar a la intérprete en cada palabra y cada movimiento, acompañándonos de paso también a los espectadores. No era tarea fácil, ya que el éxito de esta labor consiste precisamente en desaparecer (por lo menos en apariencia) tras texto e interpretación. Que no se vean los hilos en ningún momento y que todo se desarrolle con verosimilitud extrema. Conseguido con creces.

Jiménez Cascón consigue que cada cambio de posición o inflexión vocal fije de algún modo nuestra mirada en un punto, físico o imaginario. No se trata de simplificar sino de mostrar a los distintos personajes en cada momento y en cada lugar sin renunciar a que la historia que se está explicando avance en toda su complejidad. Una especie de exposición simultánea (nunca sobreexposición que sature o reduzca los matices y detalles, sino todo lo contrario). La luz que desprende la actriz, su capacidad para variar de expresión y la combinación de fortaleza y fragilidad con la que muestra tanto la escala de grises como la paleta de color al completo de los sentimientos y las trifulcas internas de estas y otras tantas mujeres es impresionante. Las vemos a ellas y, lo más importante, nos vemos en ellos. Por momentos, tendremos la sensación de estar contemplando a distintas actrices en escena al mismo tiempo. Impresionante.

Como autora aporta un gran valor añadido y es, precisamente, la relevancia del texto en favor de la memoria histórica a partir del caso individual y concreto. También la aproximación de género a través de las épocas y las distintas profesiones u ocupaciones. La maternidad, la soltería, la iniciativa en las relaciones afectivas y cómo estas condiciones o conductas tienen cabida en la sociedad de cada época, incluida la presente. Y, también, y totalmente integrado en el esqueleto dramático, las inquietudes profesionales de una actriz que es capaz de convertir y utilizar sus habilidades para el monólogo y para transformarse ante el público y que para ello construye un espectáculo tan inesperado como a la altura de sus necesidades y capacidades. Ambas altísimas. Hay que poseer una lucidez y aptitud para el autoconocimiento muy elevadas para llegar a este nivel de apertura, generosidad y exposición ante el público.

Finalmente, aplaudimos una vez más la valentía de la actriz para abordar una interpretación de semejante magnitud y la energía y generosidad que se desprende. Blanca desvelada supera en todo momento el ejercicio de estilo y el tour de force interpretativo y no cae en nunca en la práctica autocomplaciente sino que persiste en una búsqueda incansable por compartir y comunicar. Cómo el caso personal puede llegar a calar tanto en el imaginario compartido por todos los convocados en cada función es algo mágico que merece la pena descubrir (o revisitar) en primera persona. La sacudida es considerable, fértil y más que relevante.

Crítica realizada por Fernando Solla

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