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06.11.2018 Críticas  
Las herencias que permanecen

Los años rápidos de Secun de la Rosa ha vuelto a representarse con éxito durante el mes de octubre en el Teatro del Barrio de Madrid. La obra, producida por la Compañía Radio Rara, cuenta con un elenco de lujo y está dividida en tres cuadros que relatan el pasado y presente de una familia trabajadora.

La trama principal se desarrolla a partir del encuentro de dos hermanas, Martina y Angelita, que, ya huérfanas, deciden verse por primera vez en muchos años en el piso de posguerra de su infancia. Como bien dice su autor, Los años rápidos explora las relaciones familiares y las herencias que los padres transmiten a los hijos más allá del terreno material.

En el primer cuadro, los padres, interpretados magistralmente por José Luis Martínez y Pepa Pedroche, discuten tras haber asistido a una cena con otros matrimonios. Durante la conversación, se desvelan los aspectos más significativos de su relación, sus actitudes y comportamientos. El piso y el sillón del padre, en pleno centro del salón, se convierten en protagonistas de la obra y en símbolos de dominación y de autoridad, de toda una época marcada por la represión y la intolerancia, por las apariencias, las convenciones y un férreo orden social y patriarcal.

Será en este mismo salón, intacto tras el paso de los años, donde se encuentren en el presente Martina (Sandra Collantes) y Angelita (Cecilia Solaguren), hijas del matrimonio. Durante este segundo cuadro, las hermanas protagonizan escenas brillantes y la mar de divertidas, plagadas de recuerdos de su niñez a través de la música, con un viejo radiocasete y numerosos radiocasetes, aún desperdigados por el suelo. Martina, la hermana que se marchó, reaparece jovial y danzarina ante Angelita, su hermana mayor, por la que siempre sintió gran admiración. Esta última, por el contrario, se muestra reticente a conversar y ya le ha pegado una o dos patadas al radiocasete. En este sentido, destaca el momento en que Martina se pone al lado de su hermana para hacer la coreografía que solían hacer juntas y Angelita hace un gran esfuerzo por no bailar, por no volver a ser niña, realizando movimientos cortos, casi espasmos, que provocan la risa de los espectadores.

Angelita se siente atacada por su hermana Martina, que le pregunta por su felicidad y le hace cuestionarse sus convicciones, su matrimonio y sus decisiones, también la hipocresía de los miembros de la familia que no han subido al piso y se definen a sí mismos como “trabajadores y honestos”. Según Martina, su hermana Angelita es la herencia de su padre. La discusión final entre las dos hermanas abre el tercer y último cuadro, en que las escenas de pasado y presente se superponen y entrelazan. Los cuatro personajes en escena y el mismo salón. En el desenlace, la madre, sentada en el sillón del padre, predica cual sacerdotisa y, crítica con su marido, ruega por “una rendija de amor y cariño” entre sus hijos cuando ellos ya no estén. En segundos, el sillón pasa a convertirse en símbolo de compresión, amor y fraternidad. ¿Escucharán las hermanas al menos una pequeña psicofonía de las palabras de su madre?

Los años rápidos es un montaje breve y maravilloso, con excelente iluminación e inmejorable estructura dramática, en que los actores llenan el sobrio decorado y dotan de vida y significado a personajes y objetos. Los años rápidos es buen teatro, una obra para disfrutarla y para pensarla, que habla a varias generaciones; una reflexión sobre la influencia de la familia y de los lugares, costumbres y herencias de nuestro pasado, que pueden llegar a condicionar nuestros modos de vida y acciones y a limitar nuestra libertad en el presente sin que nos demos cuenta; un indicio de ruptura con la rigidez y los roles de género tradicionales, un canto a la aceptación del ser querido tal y como es y se identifica.

Crítica realizada por Susana Inés Pérez

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