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08.10.2018 Críticas  
Hay que recordar que un día se llevaron el pan y la sal

Tras su estreno en 2015 en el Teatro del Barrio y tras su paso por el Teatro Español de Madrid, el Teatre Lliure de Barcelona ha tenido el privilegio de ser testigo este pasado septiembre de la lectura del texto de Raúl Quirós, El pan y la sal.

Una sala rebosante de gente que no sé si esperaba o no lo que presenció, pero que en un porcentaje casi total se emocionó igual que servidora a medida que esta lectura se hacía más intensa y uno a uno, iban pasando algunos de los personajes que fueron parte de esta trama.

El interés de Quirós al escribir este texto, que recrea partes del juicio que inhabilitó al juez Garzón por causa de su investigación de los crímenes del franquismo, no era exponer la dialéctica entre diferentes ideologías. Ni siquiera centrarse en la figura del juez. Lo que Quirós pretendía era darle dignidad a las víctimas que perdieron padres y abuelos y madres y abuelas durante el régimen y que tienen todo el derecho a saber y recuperar los restos de sus seres queridos desaparecidos. La hija de uno de ellos dijo en el juicio que «se lo llevaron de casa, le dieron palizas, lo tuvieron prisionero, le hicieron muchas cosas. Cuando se llevaron a mi padre yo era muy pequeña… Se llevaron el pan y la sal de nuestra casa».

Y por ellos, por los que se fueron y por los que quedaron, se ha escrito este magnífico y emotivo texto donde, aparte de exponer las razones de Garzón para investigar un caso de estas dimensiones (iniciativa que provocaría daños irreparables en su carrera profesional), se relatan los testimonios reales de las personas que durante el juicio declararon también sus motivos para emprender esa búsqueda de la verdad, la lucha por sacar a relucir la memoria histórica.

Para llevar a cabo este impecable trabajo, Andrés Lima coordina algo más que una simple lectura dramatizada. Lima ha ideado una función que camina a caballo entre una lectura y el relato teatral. Una función que si no fuera por los libretos en mano, se diría que es memorizada. Actores que echan toda la carne en el asador y que regalan interpretaciones que llegan hasta lo más hondo del público. Y un espacio escénico que recoge las fotografías de tan solo algunos de los 114.226 desaparecidos en las más de 2.000 fosas comunes esparcidas en el territorio español y que recrea una sala de juzgado de la Audiencia Nacional, donde un número de personas del público se sienta en el escenario como parte de la función.

Andres Lima como el juez que instruyó el caso, Alberto San Juan como el abogado de la acusación, Ginés García Millán a la defensa de Mario Gas quien interpreta a Garzón (estos dos últimos soberbios en sus interpretaciones) y Laura Galán como secretaria judicial en la parte técnica por un lado y Natalia Díaz, María Galiana, Emilio Gutiérrez Caba, Gloria Muñoz, Francesc Orella y José Sacristán como testigos que representan a los miles de víctimas que en su día interpusieron sus denuncias ante la Audiencia Nacional.

Da igual que uno se sienta identificado o no o tenga alguna experiencia personal similar a las relatadas en El pan y la sal. Buscar hacer justicia por algo que fue un crimen no tendría que estar penado. Pero si eso lo decide la justicia al menos, como dice Quirós, se tiene que intentar que no se olvide lo que el tiempo puede erosionar en la memoria.

Era de esperar que, al acabar la función, absolutamente toda la platea se pusiera en pie y hubiera una larga, emotiva y vibrante ovación por el trabajo de este elenco de lujo, ese punzante texto y esa pulcra dirección. Lágrimas entre el público y entre los actores y aplauso final hacia las fotografías del escenario, las protagonistas de verdad. Un proyecto del Teatro del Barrio que, aunque solo se ha podido disfrutar por tres días, seguro ha calado profundamente en el publico barcelonés.

Crítica realizada por Diana Limones

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