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27.09.2018 Críticas  
Lolita ardiente

Estrenada en el pasado Festival de Teatro de Mérida, esta Fedra del binomio Paco Bezerra y Luis Luque recibió los parabienes del público. Ahora llega al Teatro La Latina este montaje capitaneado por una Lolita Flores entregada a un registro inusual en ella. Propuesta con altibajos en algunos aspectos pero con el deseo como pieza clave de la misma.

Es ya costumbre que muchos de los espectáculos presentados en Mérida recalen luego en teatros convencionales. No es fácil el traslado de un espectáculo concebido para el imponente teatro romano a un teatro de inferior aforo y escenario reducido. Viendo esta Fedra no podía dejar de pensar en como de bien debió lucir bajo el cielo de Mérida. La escenografía firmada por Mónica Boromello evoca desde el cráter ardiente del volcán, a la oscura noche, al sexo femenino. Poco más en escena, aparte de una gran losa de piedra que se convierte en cama y púlpito.

Fedra, esposa de Teseo, cae en la desgracia de enamorarse de su hijastro Hipólito. Un amor irracional, peligroso, inflamado de deseo, perjudicial. Fedra lucha entre la razón y el deseo que la nubla. Ante el rechazo de Hipólito, Fedra enloquece y miente. Acusa a Hipólito de querer abusar de ella, provocando la ira de Teseo, padre de Hipólito. Como buena tragedia griega que es, la historia acaba en muerte y dolor.

Para poner en pie esta tragedia un elenco solvente. Tina Sáinz como Enone, criada de Fedra, que urde la mentira. Juan Fernández es Teseo. Sus intervenciones son breves pero intensas, quizá con una intensidad exagerada en algún momento. Eneko Sagardoy es Acamante y su papel, aunque breve, sobresale por encima de los demás. Está equilibrado y nada estridente. Críspulo Cabezas como Hipólito, objeto de deseo de Fedra, juega bien sus cartas. Lolita Flores es el gran reclamo de este montaje. Lolita es una actriz racial. Su presencia desborda y ella lo sabe. Sus intervenciones son esperadas y algunas se resuelven con mejor suerte que otras. Me quedo con esa Fedra desatada, lasciva, ardiente. Con la que pone el deseo antes que la razón. La que se deja llevar por el deseo desmedido. Ahí brilla Lolita y ahí es magnética. En la altura dramática, en el epilogo, cuando el deseo se ha esfumado, ahí Lolita brilla menos y deja un sabor agridulce. A pesar de ello, el arrojo de Lolita Flores para atreverse a interpretar a esta Lolita enamorada hasta las trancas y perdiendo las formas, que han ideado Paco Bezerra y Luis Luque, es digno de agradecer y alabar.

Deja esta Fedra sensación de incompleta, todo es correcto, pero a pesar de que Lolita lleva el peso de la misma, no termina de despegar todo lo que se espera de todo el conjunto. Las transiciones se alargan innecesariamente y eso lastra todo el conjunto, provocando que el espectador divague demasiado entre escena y escena.

El público agradeció la atrevida interpretación y la propuesta, yo me quedé con las ganas de que el corazón se me encogiera. El grito de Fedra deseando la exterminación del amor se me quedó demasiado lejano.

Crítica realizada por Moisés C. Alabau

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