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12.09.2018 Críticas  
Viva la vida repleta de tonos rosa

Como reza el subtítulo: enamorarse es un buen problema. El enamoramiento virginal ha dejado de existir. Desde que dejamos el jardín de infancia donde la idealización del ser amado se transforma en obsesión; todo cambia y se maximiza. Sentimos que morir de amor es lo normal. El problema se intensifica si todo va bien acompañado de la mejor cosa que te has llevado a la boca.

Les roses de la vida, la nueva obra de Sergi Belbel que podemos ver en el Barts podría catalogarse como una de estas obsesiones. No es porque la entrada a la sala del teatro sea la más dulce posible, que los tonos rosas de la obra nos apuñalen de dulzor las retinas, que la obsesión personificada tome forma en una butaca… no, no es eso. Es porque Les roses de la vida está tan bien escrita, dirigida e interpretada que tres días después sigo pensando en ella de una forma enfermiza.

Sigo recordando momentos, locuras que me hicieron soltar carcajadas, conversaciones con mi acompañante e, incluso, recuerdo bajar la cabeza en momentos en que las palabras versadas te acribillaban directamente y llevaban a un estado de vergüenza extrema al pensar que una situación tan inverosímil se convirtiera en una obra que hará las delicias de todo espectador que acuda a la sala Barcelonesa.

Porque Les roses de la vida es algo muy friki. Algo (ya casi) friki-fan. Empezando por las sublimes interpretaciones que podemos disfrutar en escena. Mi más sincera enhorabuena a Enric Cambray, Roc Esquius, Gemma Martínez y Núria Sanmartí por unos personajes tan redondos que sigo recordando y recordaré. Sus interpretaciones, exageradamente graciosas y sobre-actuadas por guión, hacen de la pieza una delicia de lo kitsch. Solo el largo inicio de función (largo no tiene porqué ser negativo), el cuadro del psicoanalista, ya deja entrever qué carácter predominará en la obra. La amarás o odiarás; pero no hay término medio.

Por su parte, Sergi Belbel vuelve a los escenarios con una obra perfecta. Una locura que, sin duda, ha disfrutado dirigiendo y le animará a volver a los ruedos teatrales. El teatro es jugar y tengo claro que, con esta obra, Belbel ha jugado como nunca. Gracias a su dirección, el espectáculo rebosa sensibilidad, entrega, pasión… una pasión desenfrenada que lleva el texto a la exageración con una única premisa: pasarlo bien.

Les roses de la vida es una obra llena de obsesiones. Una obsesión que se rebela “justificablemente” enfermiza y que no esperas en ningún momento. El factor sorpresa es un hecho diferencial y, la verdad, a inicios de la temporada, es de las mejores obras que me he llevado a la boca.

Crítica realizada por Norman Marsà

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