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10.09.2018 Críticas  
FIRATÀRREGA (III): La danza también es multidisciplinar

La tercera jornada en FiraTàrrega 2018 nos ha hecho reflexionar sobre las posibilidades de la danza y el trabajo físico y su relevancia para extraer, condensar y explicar la relación entre el ser humano y su propio cuerpo. La imagen que mostramos en redes sociales en contraste con la cartografía de su fusión con el paisaje o su desposeimiento.

Tres títulos muy distintos y que, sin embargo, comparten este interesante y cada vez más inevitable punto de partida. Se trata de Likes, Labranza y La Brisa. En todos ellos está fuertemente presente el paralelismo entre el cuerpo y la consciencia del ser humano y también su relación con el contexto externo inmediato.

Hacía tiempo que queríamos ver Likes de Núria Guiu. Un espectáculo que hemos podido recuperar y que sin duda nos ha convencido e involucrado. Danza y antropología se unen de la mano de una embajadora inigualable y con un discurso cristalino y excelentemente conducido. Los “like” entendidos como bien de prestigio social y la danza como código y canal para explicar cómo mostramos nuestro cuerpo en redes sociales y nuestras distintas pautas de comportamiento cuando éste es presencial o virtual/digital. Esto trabajado a partir del análisis/coreografía de varios “cover dance” y algunos tutoriales que comparten técnicas de yoga. Nos parece especialmente relevante cómo Guiu presenta todas las premisas a modo de introducción y cómo mientras se desarrolla la coreografía todas obtienen una validación a través de su trabajo. Hay que destacar su elocuencia tanto física como verbal.

La capacidad de análisis y cómo ella utiliza la observación participante convirtiéndose a la vez en sujeto de estudio y en la herramienta para el mismo es algo admirable. La coreógrafa posee una gran sensibilidad para (de)mostrar de un modo obviamente subjetivo pero imparcial, apelando tanto al razonamiento como consiguiendo la emoción. La integración de todas las imágenes y rutinas en un mismo hilo narrativo y coreográfico nos ha mantenido entre absortos y expectantes, removiendo nuestra capacidad de raciocinio de un modo insólito, edificante y gratificante. No se trata de un ejercicio de virtuosismo gratuito sino de una artista y antropóloga con capacidad suficiente para integrar estas dos disciplinas de un modo increíble. Cómo Guiu aprovecha y muestra su cuerpo, utilizando su complexión física como una herramienta más y usándolo como elemento y objeto de estudio a la vez es algo tan categórico y vital como fecundo para las disciplinas a las que ennoblece.

Nuestro día no ha podido continuar mejor y nos hemos acercado a ver Labranza, una de las experiencias más completas y apasionantes de esta edición. El Colectivo Lamajara consigue con esta pieza un ejemplo muy representativo de trabajo conjunto entre el arte y la agricultura. Esto no es un capricho sino que se convierte en una necesidad compartida durante y tras disfrutar del espectáculo. Paloma Hurtado de la Cruz, Reinaldo Ribeiro y Daniel Rosado Ávila nos han emocionado como en las mejores ocasiones. Una creación y ejecución excelentes, tanto por su habilidad corporal como por la consecución del planteamiento inicial de la propuesta. Juntos han delimitado el terreno y lo han aprovechado para llenar un espacio abierto de un modo extraordinario. Ya el punto de encuentro y el desplazamiento hacia el lugar de la representación y la primera toma de contacto con los intérpretes están resueltos e integrados en el conjunto tan sensible como hábilmente. Esta recepción engrandece las resonancias íntimas y espaciales de manera excelente, jugando muy bien con la distancia, mirada y punto de vista de ambas partes.

Un reflejo de la vida rural que se inspira y esencializa movimientos y los convierte en coreografía y retrato a la vez. Los tres creadores e intérpretes muestran una vitalidad y capacidad de observación y asimilación corporal de la misma indiscutible y muy bien tramada. Cómo evocan las distintas relaciones y rutinas de trabajo con el resto de seres animales que intervienen sería un punto fuerte de su trabajo expresivo. Un universo que pasa a ser compartido y que trabaja muy bien a partir de lo cotidiano y específico de un modo que rezuma autenticidad y que pasa a ser compartido y con lo que nos sentimos plenamente identificados. Precisamente la identidad es un concepto sobre el que los cuerpos y movimientos trabajan con especial acierto.

Otro elemento a destacar es la música, también de Ribeiro y el vestuario de Ariel Zalazar. En el terreno musical la sensibilidad para captar también a través de este campo las resonancias intrínsecas del proyecto resulta todo un hallazgo. Nos parece especialmente relevante y bien trabajado el campo sonoro. Esto puede parecer algo sin importancia, pero teniendo en cuenta el contenido y el desarrollo de la pieza, que la amplificación y el uso de grabaciones no entorpezca el calado de lo que estamos viendo sino que se fusione como un elemento más, nos parece especialmente importante. El trabajo de Colectivo Lamajara se ha situado en la cumbre de una edición no menos memorable. Una función con un espíritu crítico y una capacidad de observación fuera de toda duda y que se convierte en un espectáculo palpitante y con una capacidad para mostrar a través del movimiento y el espacio un reflejo del mundo interior tan profundo como riguroso. Imprescindible.

El caso de La Brisa puede que nos sitúe ante unos de los espectáculos más incómodos y controvertidos de FiraTàrrega 2018. Desde México nos llega una función que no ha acabado de encontrar un equilibrio entre los requerimientos de la propuesta y las condiciones del espacio donde se ha representado, que seguramente no era el idóneo. De lo que no hay duda es de la contundencia de la propuesta de Teatro Línea de Sombra y Tamara Cubas. Una pieza que podríamos entender como un ataque hacia las convenciones de cualquier aproximación narrativa tradicional para explicar una historia dramatizada. De algún modo, en ocasiones explícito en el texto, parecía como si se quisiera dinamitar el propio arte dramático. Una función en forma de ataque, auditivo y visual, que termina convirtiéndose en la puesta en escena del atentado que sufrió el local que da título a la pieza. Lo que sucedió en los años 90 en Ciudad Juárez terminó con un espacio considerado de resistencia cultural. Hoy en día, este rechazo a lo convencional puede que sea la última posibilidad de endereza, rigor y renuncia a la banalización imperante en este hábito.

Nos parece que las intérpretes de la pieza dan cuerpo y voz a las mujeres que fundaron el local, que están en paradero desconocido. La fusión de textos de Gabriel Calderón, Zuadd Atala, Alicia Laguna, la propia Cubas y AGEPE recoge de algún modo este tono legendario y lo adapta a la sordidez del asunto tratado. El punto de vista femenino está introducido con una dureza y contundencia a destacar. El trabajo corporal se combina con el texto creando imágenes tan potentes como desconcertantes. El diseño sonoro de Francisco Lapetina no consigue (por lo menos en la función del día 8) un balance entre el sonido que emiten los distintos amplificadores con las voces de las protagonistas, que en ocasiones apenas eran audibles. Nos queda la duda de si hubo problemas técnicos o esa situación era buscada, aunque en última instancia este detalle se adapta al tono sórdido imperante. La interpretación de Alicia Laguna, Zuadd Atala, Kanga Trujillo y la propia Cubas sirven a la dramaturgia tanto a través de las voces como del movimiento y de la enérgica interpretación musical. Juntas llevan la función a un terreno incendiario. Parece que el teatro ya no sea posible tras La Brisa, algo que una de sus personajes afirma querer abandonar. Confrontación y cuestionamiento que dividió al público de FiraTàrrega 2018.

Crítica realizada por Fernando Solla

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