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06.07.2018 Críticas  
Respect

El Maldà afianza su relación con Xavi Casan y nos regala una nueva inmersión músico-teatral con Strange Fruit. Con la inestimable interpretación de Virgínia Martínez y Dani Campos y una selección de piezas tan ilustrativa como bien hallada, el espectáculo se convierte en una profundísima reflexión totalmente inclusiva sobre la identidad femenina afroamericana.

Lo esencial del alma humana plasmado a través de la manifestación artística en primera persona. La dirección musical de Campos ha conseguido que la unidad del recorrido temático se mantenga a través de los distintos estilos. Del soul al gospel, pasando por el blues, el pop o el rock e incluyendo al género dramático. Un trabajo muy meritorio y alineado con la dramaturgia propuesta. Y, por supuesto, con la interpretación de Martínez. ¡Y qué interpretación! De entre todos los títulos, nos ha hecho especial ilusión el retorno a “Haig de trobar l’amor” (“Taking a chance on love”). Canción extraída del musical Cabin in the Sky (1940) que aquí un servidor descubrió cantada por la intérprete en Blues en la nit (1995). Primer musical e inicio de una pasión que no ha hecho más que consolidarse con el tiempo. Un regreso a lo que marcó el inicio de una línea temporal en la que volvemos a encontrarnos. Más de dos décadas desde entonces que permiten constatar con ilusión y emoción la evolución como intérprete de Virginia Martínez.

De 1922 a 1969, principalmente. Este sería el lapso temporal que comprende la función. A excepción del ya citado, no desvelaremos los títulos elegidos porque su re-descubrimiento forma parte esencial de la experiencia inmersiva en la que se convierte la función. Sí a los autores. Abel Meeropol, Sister Rosetta Tharpe, Jerome Kern, Oscar Hammerstein II, Vernon Duke, John LaTouche, Ted Fetter, Xavier Montsalvatge, Ildefonso Pereda Valdés, Andrés Eloy Blanco, Manuel Álvarez Maciste, Frank Perkins, Mitchell Parish, Harold Arlen, Ted Koehler, George Gershwin, DuBose Heyward, Ira Gershwin, Irving Berlin, Porter Grainger, Everett Robbins, Duke Ellington, Fats Waller, Harry Brooks, Andy Razaf, Billy Taylor, Dick Dallas, Nina Simone, Otis Reding, John Fogerty, Stephen Bray, Brenda Russell y Alee Willis.

Lejos de reducirse a un catálogo o ejercicio de citación, esta reunión resume de forma apelativa la clamorosa labor de todos los implicados. La interpretación evita la imitación y se centra en transmitir y profundizar en los estados anímicos e íntimos que describen las canciones. Universos en sí mismos por los que Martínez transita, nos acompaña y se vuelca con arrebatadora sensibilidad. Al ritmo de la dirección escénica y musical, la intérprete asimila la interacción de un espejo como único objeto, potenciando toda la carga alegórica del reflejo. Los cambios de vestuario, obra de María Albadalejo, consiguen evidenciar y dignificar esa habilidad de los autores e intérpretes originales para plasmar artísticamente su situación particular e intrínseca en confrontación con el contexto social, económico e histórico. La iluminación de Adrià Aubert y Casan termina de conseguir que el ambiente recreado sea el óptimo.

Más nombres. Jordi Galceran, Roser Batalla, David Pintó, Albert Mas-Griera y Anna Ullibarri. A lo largo de los últimos años (incluso décadas) hemos asistido al desarrollo como adaptadores (en algún caso, letrista) de todos ellos. De algún modo, su labor también se ve reconocida en Strange Fruit. No sólo por la selección sino por la combinación y concatenación de las palabras y estilos elegidos por unos y otros en esta particular dramaturgia, el resultado final es muy enriquecedor e ilustrativo.

Finalmente, Strange Fruit nos sitúa en un terreno privilegiado. No es fácil encontrar una sensibilidad como la de Casan para trasladar a escena toda la complejidad de unas canciones de un modo tan preciso y a la vez manteniendo e hilvanando un magnífico equilibrio y desarrollo narrativo. Tampoco una interpretación tan comprometida y acertada, no sólo con respecto al material original sino también hacia el trabajo de los adaptadores. De la complicidad entre Martínez y Campos se engrandece un espectáculo que, tanto por su potencia alegórica como temática, facilita un recorrido muy enriquecedor para el espectador. Y, por encima de todo, respetuoso.

Crítica realizada por Fernando Solla

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