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29.06.2018 Críticas  
Familias menores de versos tetrasílabos

Gon Ramos está condenado a convertirse en el niño mimado del Off madrileño, y tras despuntar con esa maravilla que fue «Yogur/Piano«, y continuar programado por el Pavón Kamikaze y hasta por el Valle Inclán, su última creación llega al Teatro Fernán Gómez para volver a movilizar a los amantes del teatro más sensible con La familia No.

Escribo este texto desde la lejanía (quizás demasiada) de los días en que asistí al pase de La familia No. No puedo obviar haber comentado con mi compañero Moisés C. Alabau que una hora cuarenta y cinco minutos de representación iban a a mermar la poca energía que le queda a uno al final del día, pero qué equivocados estábamos cuando tras el apagado de las luces de la sala, comienza el bisbiseo de esa tela que recubre el quinto protagonista de la propuesta de Gon Ramos, el coche. Esa tela moviéndose, deslizándose, viva, con sonido de viento en el desierto, de acantilados con fondo marino, transportando a la audiencia, casi de forma instantánea, a una road movie meseteña, de aridez incipiente, horizonte casi infinito y calor extremo de un día de agosto.

Cuatro hermanos, aparcados en una gasolinera o área de servicio, de esas que son protagonistas de esos veranos en los que uno cruzaba la planicie castellana en busca de, al menos, un calor húmedo menos sofocante que el de la gran ciudad. El coche con puertas abiertas y ventanillas bajadas, se convierte en el parque de recreo de estos niños que juegan a ser habitantes de la remota China, con sus rutinas deportivas con férrea sincronización, y comportamientos violentos sobre todo ser vivo (imaginario) que se cruza en su camino. La familia No comienza así como un ejercicio que juega con la improvisación, al menos, simulada, para involucrarnos en el mecanismo de este montaje en el que pronto, estaremos atrapados hasta que se enciendan las luces.

Fabia Castro, Eva LLorach, Jacinto Bobo y Emilio Gómez, se ponen a las órdenes de Ramos para encarnar a estos personajes que nos atrapan desde las primeras palabras en chino que pronuncian. Si a Fabia Castro ya tuve la suerte de disfrutarla en la muy reciente FOMO, y continúa conservando esa veracidad y naturalidad en su interpretación, el gran descubrimiento aquí es el del «Ron Lalá» Jacinto Bobo, al que al comenzar la narración de la «argentina» historia de amor de sus padres en la ficción, su deje sevillano y el tango que se marca, te hace plantearte porqué este actor no ha estado en el radar del buen aficionado (o es que yo ando muy perdido).

Eva Llorach y Emilio Gómez mantienen la tensión dramática in crescendo con su papel de los hermanos menores, pero son incontenibles las lágrimas que sus personajes me produjeron en varios momentos. Es perversa la intención de Gon Ramos con La familia No, como ya lo era con «Yogur/Piano» pues todos los parlamentos de sus actores van dirigidos a lo más hondo de cada uno, e incluso al inconsciente, aposentándose ahí, como un virus, latente, para hacer su irrupción y descargar toda su carga fatal en cuanto tenemos las defensas más bajas. Si con su primera obra lo hacía al final, con esas miradas que rompían las barreras más fuertes, con los penetrantes ojos de un Daniel Jumillas que nos tenía a su merced, aquí lo hace al principio, apelando al origen de nuestra personalidad, deconstruyendo nuestro yo de espectador adulto y transportándonos a una sesión de psicoanálisis por el económico precio de una entrada de teatro.

Poco se puede decir sobre lo que nos cuenta La familia No, pues explicar el argumento, en este caso, puede ser fácil, pero nada es comparable a lo que el teatro de Gon Ramos te hace sentir. Su prosa enrevesada y poesía metafísica, envuelve a la audiencia, que intenta quedarse con parlamentos memorables, dignos de pósters motivacionales y tatuajes new age. La formación argentina de Ramos se hace cada vez más evidente según nos va regalando proyectos, y no es nada sorprendente que su precoz maestría sea loada y el Centro Dramático Nacional vuelva a contar con otra de sus creaciones, en otra sede, para la nueva temporada teatral 2018-2019.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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