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29.05.2018 Críticas  
Albee en esencia, Ribera en presencia

El Teatre Tantarantana presta sus Baixos22 para que la compañía El Eje nos regale una de las joyas de la temporada. Masticar hielo es un momento escénico estelar de setenta y cinco minutos de duración. Una magnífica versión de Marc Ribera de “¿Quién tema a Virginia Woolf?” de Edward Albee. Tras su visionado, la única que nos parece posible ahora mismo.

La temporada pasada pudimos ver montajes de dos de las piezas de Albee, ambos en Londres. Se trata de “Who’s Afraid of Virginia Woolf?” y “The Goat, or Who Is Sylvia?”. Y sí, tanto James Macdonald como Ian Rickson nos deslumbraron con dos aproximaciones soberbias, fieles tanto al contexto histórico como especialmente al recorrido de los personajes. Beber para olvidar y beber para inventar y trascender las fronteras entre realidad y ficción en plena Guerra Fría (1962) o indagar en la crisis familiar y en los límites de la sociedad liberal estadounidense (2002). Interpretaciones que descoyuntaron nuestras muñecas de tanto aplaudir, extenuados ante la brutalidad de Imelda Staunton y la conmovedora introspección de Damian Lewis, así como la excelente labor de sus compañeros de reparto.

No es mi intención glosar la parrilla de espectáculos disfrutados últimamente ni mucho menos. Volviendo a la obra que nos ocupa, hemos visto en las últimas décadas a grandes intérpretes encarnando a Martha y George. Pero la etiqueta de “clásico” es peligrosa porque muchas veces nos aproximamos con unas expectativas demasiado acomodadas. También con la losa que supone (tanto para el texto como para las intenciones de Albee) que sus personajes se usen como excusa para disfrutar de los “grandes” nombres de la escena. Por supuesto que se necesita de actores competentes, pero creo firmemente que no “sólo” se trata de eso.

¿Y qué es “eso”? ¿Qué sentido tiene aquí y a día de hoy volver a Edward Albee? La respuesta tiene forma de título y es Masticar hielo. También compañía, en este caso El Eje. Y, por supuesto, nombre propio: Marc Ribera. ¿Por qué? Si por algo se distingue la agrupación es por su voluntad de romper tabúes. Y esto no es un enunciado vació o eslogan ornamental. Aquí consiguen precisamente lo más difícil. Es decir, que el balance entre intenciones y resultado sea francamente positivo. Evitar cualquier tipo de autocensura o dogmatismo, libertad aproximativa, naturalización de los desnudos en escena y empoderamiento del género femenino, por citar los que en este caso me parecen más evidentes. Habilidad para elegir un texto que lo permita y no conformarse con que el material elegido sea un pretexto. Llegar a lo más profundo como si de una colonoscopia dramatúrgica se tratara. Y no destripar, sino triar y servir. Transgredir sin más arrogancia que la de comprometerse.

Hiperbolizar con sentido. Construyendo los diálogos y réplicas y manteniendo el estilo plagado de juegos lingüísticos y batallas gramaticales (y ortográficas). Trasladando el ambiente universitario al de los consumidores de arte por poder adquisitivo, no por talento, afición o necesidad de manifestarse a través de la disciplina pictórica. Aquí no hace falta follarse a una cabra para mostrar la soledad del individuo cuando se quiere expresar el pavor a convertirse en proscrito sexual. Basta una eyaculación precoz para plasmar los estrictos parámetros del sexo. Ya no hablemos del amor. Y de nuevo, inventar y repetir, intentar ser otra persona. Más fuerte, más abyecta, más mezquina, más sensible, más cortés, más formal, más desinteresada. ¿Qué más da? Todo falso, todo un disfraz. Y, en Masticar hielo, caerán las caretas. Y tanto que sí.

¡Toma matiz! Y cuando texto e intérpretes consiguen que las carcajadas invadan la platea, llega un puñetazo en el estómago que prácticamente nos atraganta. Verdadera sacudida y nudo en la garganta. Interpretaciones que dan en el clavo con esa distorsión deliberada de una realidad como única posibilidad. Ese es el efecto del alcohol y también la definición de posverdad. Y la clave de George y Martha. Y así se muestran las entradas y salidas de los cuatro. Mirando y esperando su turno para escenificar este juego. De las vulneraciones o desobediencias con respecto al original de Ribera nos quedamos con las siguientes, tan bestiales como intencionalmente categóricas: setenta y cinco gloriosos minutos de duración que lo explican TODO, elección de idioma e inflexión vocal para connotar el estatus y entorno de los protagonistas (elles y acentos incluidos), el momento y encuñamiento del término “¡toma matiz!” de Martha a Nick y a todo lo que para ella representa y, muy especialmente, con la inversión genérica del momento “armado”, muy probablemente el más cruel e impactante del original. Tremendo y muy ácido.

El trabajo de y con los intérpretes es acojonante. Todo lo que hemos intentado transmitir más arriba, aplica a los cuatro. Mar Pawlowsky y Eric Balbàs empiezan revolucionados y más allá, como debe ser. Y mantendrán ese nivel de intensidad aplicándolo a los distintos registros por los que pasarán Martha y George/Jorge. Algo de lo que se contagian Maria Hernandez y Jordi Samper (Nuna y Nick) a partir de su primera aparición. El sarcasmo y retintín sobrepasado de Pawlowsky es tan brutal como el giro progresivo que nos mostrará la realidad del personaje. Esa lucha interna que la lleva casi a desvanecerse. Balbàs triunfa incluso en lo que su personaje calla. Esa mirada que se hinca, incrusta y tachona. Esa pronunciación embriagada pero clarísima y el trabajo corporal y gestual construyen a un George inolvidable. El final de ambos es total y rotundamente incendiario. Hernandez necesita sólo las primeras réplicas para situar a su personaje y jugará ganando todas las cartas que le permite Nuna. Hasta el final. Samper consigue acaparar el protagonismo necesario al mismo tiempo que su personaje lo hace. Su movimiento escénico (no sólo el coreografiado) es magnífico. Su gestualidad (momento cigarrillo a cuatro manos con Balbàs) no lo es menos. Da con la actitud óptima en todo momento. La interpretación de la borrachera es formidable en los cuatro Un glorioso freestyle que gozamos con la misma deslealtad carente de empatía y total alevosía con la que establecen el juego. El límite lo imponen ellos. Si un culo en un cartel ha provocado lo que ha provocado en redes sociales, cuidado al ambiente que consiguen crear y mantener en escena. Algo complicadísimo que logran con aparente facilidad y naturalidad. Increíble.

Finalmente, aplaudimos la habilidad para convertir la misma sala en parte de la función así como la inclusión y bienvenida que se hace del público desde buen principio. ¿Quién mira a quién y qué es escenario y qué patio de butacas (o de sofá)? Especialmente relevante la alineación de todos los elementos que intervienen integrándolos como parte indispensable dentro del contenido de la función. El espacio escénico y de iluminación de Sergi Cerdan Aguado propicia ese juego en el que los intérpretes pueden entrar y salir. Todos los objetos tienen una fuerza estética muy concreta y potente. También el vestuario de Alba Thompson que juega muy bien con la clase, el colorido y la función decorativa y edificante de cara a los personajes. Naturalización e integración de la artificiosidad, si es que eso tiene algún sentido.

Masticar hielo es una obra arrebatadora y catártica cuya hostia es tan provocadora como reveladora. Un examen de la condición moderna de un cierto tipo de ser humano muy presente de un modo u otro en nuestra vida diaria. No se puede embrutecer un contenido que ya lo es, pero sí su formato. Y aquí, el triunfo es completo. Como decíamos, Albee en esencia, Ribera en presencia.

Crítica realizada por Fernando Solla

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