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22.05.2018 Críticas  
Las costuras de un amor eterno

La programación de algo de Conejero, siempre sabe a poco, pero es que este Los días de la nieve en el Teatro del Barrio ha sido un aperitivo. Hace justo una semana que cayó el telón, y tras agotar función tras función, esta vuelta a los escenarios de un texto de Alberto, se convierte de forma instantánea en uno de los pilares de su creación.

Rosario Pardo se pone en la piel de Josefina Manresa, la esposa del poeta Miguel Hernández. Durante los 80 minutos de función, asistimos al testimonio improvisado de esta mujer relatando los gozos y las las sombras del breve tiempo que la pareja convivió, separados definitivamente por el cautiverio del poeta, y su muerte en prisión.

Los días de la nieve es la constatación de que el formato de Conejero es el pequeño: salas recogidas, cercanía con el público, y textos que llegan a la audiencia como un susurro, como una confesión íntima que se nos hace cara a cara. Si en “La piedra oscura” nos colábamos en ese calabozo del Norte, y en “Cliff” acompañábamos al actor al Oeste, en este caso nos vamos hacia el Sureste al oscuro taller de costura de Josefina, donde nos zambullimos en un universo de palabras y poesía con el terrible trasfondo de la guerra, que marcó el amor de esta pareja.

Chema del Barco, al igual que han sabido hacer Alberto Velasco y Pablo Messiez anteriormente con textos del autor, capta toda la intimidad, sensibilidad y belleza de las palabras de Alberto Conejero, y logra que Rosario Pardo personifique a Josefina de una manera magistral. El taller de Elche nos envuelve, como lo hará el vestido que Josefina ha cosido para nosotros.

Rosario Pardo está brillante como esta entrañable viuda, y no vemos a la actriz, sino a la mujer que nos relata su vida, y explica las especiales circunstancias de su relación con Hernández. La bruma que cubre los ojos de Josefina se vuelve transparente con la expresión de sus palabras, y es tal la calidez que transmite el verso de Pardo, que vemos en ella a nuestra abuela, mujeres “brutas” como ella misma se define, a las que les tocó apechugar con los bandos, las muertes de seres queridos, las habladurías de las vecinas, y las persecuciones e intrigas del régimen.

Especialmente emotivo es el relato del primer hijo de la pareja, en el que Rosario contiene la emoción que no logra la platea, derramando lágrimas ante la visión en nuestra mente de esa luna en los ojos del pequeño.

Tras los estrepitosos desmanes pergeñados contra los textos de este dramaturgo, ya era hora que alguien volviese a poner en valor y honrar el nombre de Alberto Conejero. ha vuelto la luz a Conejero, y vuelve a demostrarse el carácter atemporal de su obra, convertida en clásico instantáneo; podemos enorgullecernos de estar presenciando la forja de un legado que sobrevivirá a todos nosotros. Nada como una manos amorosas que aprecien y conecten con la poesía. Gracias Chema del Barco. Gracias Alberto, siempre.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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