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17.05.2018 Críticas  
Las fronteras son algo imaginario

La Vilella Teatre ha programado por segunda temporada Migrante. Un espectáculo que nos atrapa por su profunda mirada hacia la realidad, su conversión en material dramático más que relevante, la excelente interpretación de su protagonista y una maravillosa y productiva generosidad para implicar y despertar la conciencia, reacción y respuesta del público.

Hay algo muy especial en Migrante, que la distingue de otros espectáculos que abordan semejante temática o disciplinas artísticas. El respeto y la valentía para elegir, seleccionar y transformar el testimonio de más de cincuenta personas en una dramaturgia magnífica y ejemplar sobre tan terrible y convulsa experiencia. Esto todavía es más importante en una temporada en la que hemos asistido a visiones distintas a partir de los grandes clásicos. El periplo de Ulises para regresar a su hogar servirá como hilo conductor pero la verdadera autoría la firmarán esas personas anónimas, una a una. El texto de Rosa Molina, Sergio Álvarez y Juan Pablo Mazorra es riguroso y mira sin condescendencia y con mucha sensibilidad tanto al concepto o idea que da título a la obra como a las distintas acepciones y roles posibles que giran a su alrededor. Libertad creativa y absoluta que no vulnera el documento real sino que le da alas.

Así la dirección de Giselle Stanzione y Neilor Moreno, que imprime el ritmo necesario y transmite la necesidad de la primera persona del singular. Su labor consigue reflejar que el recorrido de cada individuo, así como sus motivaciones, es distinto. Cada uno tiene su historia y así lo han trabajado con el intérprete. Una aproximación que lo convierte en exegeta y glosador de excepción y que lo transforma en todos y cada uno de los personajes (no sólo humanos) a partir de un trabajo físico y vocal que nos guía con sabiduría y compañerismo. El espectáculo unipersonal y documental llevado a terrenos fértiles y muy saludables.

Así pues, la interpretación de Mazorra es impresionante, entregada y dadivosa. Imprescindible. Autoría, dirección y dramaturgia son términos que pueden ir unidos. Pero lo que consigue este artista en escena es precisamente que este último, dramaturgia, e interpretación se fusionen en uno. No hay transiciones aparentes y los saltos y vueltas de un personaje a otro serán imperceptibles. Lejos de convertir esto en un ejercicio de virtuosismo gratuito, el intérprete consigue captar la característica común de todos ellos y dar sentido a la primera persona del singular del título. La expatriación, partida, ausencia, desplazamiento, transmigración o marcha forzada de todos ellos condensan en un sentimiento que predomina por encima de todos los demás y que se nos transmite desde el primer momento: la pertenencia. A través de la voz y, muy especialmente, de la mirada.

Circunstancias tan dispares como el estancamiento quirúrgico de nuestro país de nacimiento, la condición sexual, la pobreza extrema y mala gestión de los bienes naturales y materiales de nuestro continente… Todas ellas vinculadas tanto al territorio interior como al geopolítico, demográfico e histórico y siempre a partir de los personajes. Un futbolista, dos hermanos, un padre que se irá, Ulises…Todos son Migrante. Todos han dejado su país en busca de un lugar mejor y menos agreste y necesitarían volver a él. Mazorra es todos ellos. Sensibilidad y apasionamiento. Un trabajo físico que hace que los movimientos parezcan innatos y una alineación con el tono y el ritmo de lo que se está explicando indisoluble.

El espacio escénico así como el uso que el intérprete hace de él resulta muy revelador. Unos precisos y muy bien hallados cambios de iluminación favorecerán la evolución y las transiciones de un modo escueto pero muy hermoso. Asertividad y fuerza estética al mismo tiempo. El ritmo y adecuación del trabajo físico y gestual de Mazorra integra las intervenciones técnicas con aparente y sorprendente facilidad. Entre todos establecen un ritmo en la respiración de Migrante que se transmite y nos sitúa a todos al mismo nivel. De algún modo, un vacío escénico que representa la ausencia de fronteras y el deseo esperanzador de que sus bisectrices sean imaginarias y que el único itinerario marcado sea voluntario y elegido por cada yo que forma parte del nosotros mismos. Un muy claro reflejo de esa posibilidad.

Migrante es muy probablemente el espectáculo que hacía falta para demostrar definitivamente una propensión muy característica de los espacios llamados de pequeño formato. Los de la ciudad condal pero no sólo. No se trata de las dimensiones físicas de un escenario o del aforo del patio de butacas sino de la tenacidad e inquietud de los implicados para canalizar todo su talento y capacidad de observación hacia la realidad que les rodea y de la que forman parte. La utilidad y necesidad del artista que reacciona como individuo social y que tributa con su trabajo, aportando visibilidad y facilitando y despertando no ya la ilusión sino la posibilidad cada vez más tangible del cambio. Porque urgente y necesario no está reñido con inapetente, tedioso o minoritario, sino todo lo contrario. Por la ruptura definitiva de cualquier tipo de barrera o distancia y por la aquiescencia por fin consolidada. Porque todos somos, fuimos o seremos migrantes.

Crítica realizada por Fernando Solla

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