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11.05.2018 Críticas  
Ícaro sigue cayendo en la actualidad

Albert Lladó sube su aproximación a Ícaro hasta el Àtic22 del Teatre Tantarantana y la constatación de que nos encontramos con un autor que sabe cómo integrar los elementos simbólicos con los más tangibles se apodera de nosotros. Una segunda obra que mantiene líneas estilísticas con la anterior, y también algunas referencias, a la vez que traza su propio recorrido.

Las palabras de Ícaro delimitan un texto muy elaborado. Un estilo barroco y profuso pero que nunca llega a caer en el exceso. Abundancia y riqueza podrían definir en dos palabras el trabajo de Lladó. Densidad y consistencia y, sin embargo, fluidez progresiva e inmersiva. Una vez que entramos, ya nos quedamos atrapados hasta el final. Una suerte de collage dramático que relaciona el mito griego con otros coetáneos y también con Ovidio, Milton o Camus. Lejos de glosar o citar referentes, éstos contraponen de un modo totalmente integrado en la dramaturgia las visiones y aportaciones existenciales de todos ellos. Su necesidad (o la de sus personajes) de lanzarse al vació y explorarlo.

El autor hilvana todo esto con la obsesión actual por los avances técnicos y la pérdida de control y de posesión del ser humano sobre sí mismo y su voluntad. De este modo, la historia se funde con el estallido que Andreas Lubitz provocó del vuelo que pilotaba en marzo de 2015. Lo más interesante y que podía presuponerse como tarea ardua y complicada es que no se opta por el reflejo de una capa sobre otra ni se presenta la parte contemporánea como consecuencia o moral del mito, sino que se ha creado un texto compacto y que no repite ni reitera sino que se une y desarrolla a partir de esa sensación de vértigo y de vacío. Algo totalmente transversal y muy bien tramado. Incluso las reproducciones de la caja negra del avión o algunas canciones. Todo aporta y engrandece esta fusión de realismo y simbolismo.

El trabajo de Marcela Terra comprende bien los requerimientos del texto y trabaja también con un espacio escénico vacio y horizontal en el que aparecerán y se dibujarán los mínimos elementos imprescindibles. Esto propicia también que el trabajo físico de los intérpretes sea parte importante de la función. Tanto el diseño sonoro de Xavier Silveira como la iluminación de Consuelo Barrera saben recrear la idea y sensación de vacío y oscuridad, tanto interior como exterior. Un trabajo conjunto que mantiene e integra la parte poética connatural al texto sin renunciar a ninguna de sus posibilidades escénicas.

De igual modo, el desarrollo de los personajes que realizan Padi Padilla y Eloi Benet mantiene el tono necesario y se nutre y complementa el uno del otro. Benet articula los enunciados anteponiendo siempre la palabra sin llegar a la declamación exagerada ni al solfeo gratuito. A su vez, Padilla realiza un trabajo mucho más introspectivo. La naturalización e interiorización de la angustia vital llega a resultar dolorosa incluso para el que la observa y escucha. La dureza de la reflexión no empaña en ningún momento la chispa de esperanza que se esconde detrás de un texto que no es fácil de transmitir y al que ambos se entregan con valentía y éxito.

Finalmente, destacamos de nuevo la entrega y compromiso de los intérpretes y su trabajo tanto con el texto como físico. Una puesta en escena que sabe cómo utilizar los elementos justos y necesarios para que captemos los simbolismos manteniendo tanto la escucha como la imaginación activas en todo momento. Y un autor al que nos gustará seguir acompañando y descubriendo en futuras (y esperamos que no muy lejanas) ocasiones.

Crítica realizada por Fernando Solla

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