novedades
 SEARCH   
 
 

18.04.2018 Críticas  
El teatro como incesante actitud evolutiva

Una de las mayores sorpresas de la temporada aguarda a ser descubierta en el Teatro Laboratorio. Así habló Zaratustra es una de esas funciones en las que espacio, contenido y aproximación parecen hermanarse con una honestidad no exenta de valentía y sentimiento de pertenencia hacia una manera de manifestar artísticamente las inquietudes vitales.

La elección del texto de Friedrich Nietzsche es arriesgada. No tanto por la extrema complejidad y profundización ideológica y por las líneas de pensamiento descritas, que también, sino porque desde su publicación en 1883 ha sido fruto de múltiples malas interpretaciones. Véase la que se le atribuye como precursor del nazismo, como ejemplo aplastante. ¿Qué aportar que sea justo o cuanto menos equitativo a la implicación e incidencia que la obra tuvo en la vida del autor? ¿Cómo escenificar lo que puedo significar para el torturado pensador el Übermensch, el dolor y la alegría por la teoría del eterno retorno o la obsesión enfermiza por los caballos? Nihilismo y creación de valores como antiproyecto de vida, verdades cosmológicas, afirmación personal… ¿Cómo cuestionar en escena lo que probablemente nunca se llegue a comprender en su totalidad?

Esa búsqueda como metodología de afirmación vital más vanguardista es lo que la compañía ha sabido captar a la perfección en su propuesta. Eso y la cabida o lugar que ocupan estas inquietudes en nuestro día a día. La importancia del durante y del cómo es algo que distingue a esta pieza de todas las demás. Un espacio en el que el teatro se convierte prácticamente en un culto y del que se aprovechan todas sus posibilidades y una puesta en escena magnífica e inimitable que por momentos puede llevarnos incluso al colapso hasta que logramos trascender, compartir, expiar…

El trabajo corporal, el uso de la alegoría, la integración del audiovisual, el movimiento, el texto, los objetos de utilería, el vestuario, el maquillaje forman un todo que se retroalimenta y se nutre constantemente. El vestuario y el (des)uso que se hace de él es tremendo. Percheros que más que burros son caballos. Intérpretes que con sus tacones bien podrían ser caballos (qué gran hallazgo). Seres colgados de los burros que podrían ser caballos. Máscaras. Todo tiene cabida y nada se usa por acumulación. Los cuerpos colgados de los percheros ofrecen algunas de las imágenes más sugerentes y estimulantes que hemos podido ver en mucho tiempo. Todo lo iconoclasta que se quiera pero con un sentido y rigor que emociona y sobrepasa. Que nos entusiasma y nos acompaña en todo momento.

No se trata de distinguir el trabajo de un intérprete por encima del otro. Ese contraste entre el individuo y el colectivo nos lleva de nuevo a la mayor virtud de la pieza: la retroalimentación. Un espectáculo de creación que sitúa a todos sus intérpretes ante el público pero especialmente ante sí mismos. El texto llega y de qué manera pero es que la implicación física es espléndida. Fastuosa y sin embargo adecuada y muy elaborada. En este terreno, el trabajo de Carlos Martín-Peñasco es brutal y su desparpajo entre el público no se queda corto. Wagner en escena, ni más ni menos. Emocionante y telúrica, a la vez que poética, Jessica Walker (menuda dirección la suya). David Bocian se muestra tan pronto salvaje como vulnerable, a través del cuerpo y de la palabra. Julieta Dentone Silva nos ofrece un fragmento para el recuerdo, divertido a la vez que escarnecedor y cargado de significado. Julia Rabadán, Paloma Remolino Gallego y Roser Vallvé no se quedan atrás. Impresionantes todos. De un modo nada prosaico ni condescendiente. Excelente. Telúrico y a la vez poético. Preciadísima la aportación musical de Carola Zafarana y el apoyo técnico de Ulises Fontana y Samuel Dávalos.

Finalmente, Así habló Zaratustra nos sorprende por su genuino y totémico usufructo del arte teatral, usándolo como símbolo icónico o máxima manifestación del individuo y la tribu o grupo social al que pertenece. Así parece vivirlo la compañía y así nos lo transmite al público. Hay ocasiones en las que necesitamos que nos reten y nos sacudan sin que por ello la calidad de la experiencia resulte menos divertida, profunda o emocional. La vida (y por extensión el teatro) nos zarandea constantemente. No es lineal. Nuestra actitud puede que lo sea pero nuestro intelecto no. Lo que no es tan común es que de repente una función se convierta en la respuesta a lo que buscamos siempre que nos acercamos a un espacio teatral y nos despierte de nuestro letargo cotidiano. Y aquí sucede. Al terminar la representación, salimos con esa feliz y muy gratificante certeza. La que celebra: ¡Por fin! ¡Era esto! ¡El teatro era esto!

Crítica realizada por Fernando Solla

Volver


CONCURSO

  • COMENTARIOS RECIENTES