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13.04.2018 Críticas  
Juegos para olvidar

Ochenta años atrás, en los inicios de la Guerra Civil Española hubo padres que enviaron a sus hijos lejos, para que escaparan del horror que se cernía sobre el país. La gran mayoría, republicanos. Confiados en su victoria los enviaron a México. Ni hubo victoria, ni hubo ausencia del horror para esos cientos de niños embarcados en un barco a Morelia. Fueron Los niños oscuros de Morelia.

Albert Tola ha escrito un texto ingenioso, un texto que entre juego de niños descubre los horrores de la guerra. Un lenguaje nada recargado, que fluye entre escena y escena, entre juego macabro y juego mortal. Un potente alegato histórico que pone el acento en la memoria histórica. Un texto que nos recuerda que solo ochenta años atrás esos sucesos ocurrían en nuestro país, y como las heridas no han cerrado aún, y muy posiblemente nunca lo hagan. Una historia de olvidados, de niños obligados a huir de la guerra para caer en el horror de la soledad y el abandono. Padres que en su buena voluntad embarcan a sus hijos, confiados en volverlos a ver, pero que descubrirán que nunca jamás los volverán a ver.

En escena dos actores entregados, Marc Pujol y Rodrigo García Olza. Ellos son dos de los niños embarcados en el viaje a Morelia, una sincera amistad nacerá al abrigo de la desgracia. Como escapatoria de la terrible situación en la que se hallan, idearan una serie de juegos en los que recrearan las situaciones vividas con sus padres, anécdotas sucedidas en la parroquia, conversaciones de sus madres. Un retrato de la vida en la guerra. En esos juegos llegará el juego que les llevará al futuro, al fin de ese viaje, que debía ser esperanzador, pero que tendrá desenlace trágico e inevitable.

Escenografía sencilla pero sumamente efectiva, sonidos que evocan otros tiempos, melodías que arrullan escenas. Pero sobretodo un trabajo actoral honesto y noble. Química innegable entre dos actores que cuentan una historia terrible, una historia que nunca se debe olvidar. Hay que seguir recordando los horrores de la guerra, hay que seguir recordando que no hubo vencedores, aquí perdió todo el mundo, hay que recordar que las fosas están llenas. Se agradece un texto tan claro, que sin ambages aborda el tema, de una manera casi poética, envuelta en la inocencia de unos niños, que juegan para evadirse, pero que nos cuentan la realidad de una guerra no tan lejana en el tiempo, y que no debe caer en el olvido.

Los Niños Oscuros de Morelia se instala brevemente en el Teatro Lagrada de Madrid, si quieren un viaje a la memoria, de la mano de dos expertos guías no lo duden. Su memoria, nuestra memoria colectiva se lo agradecerá. Es necesario recordar para olvidar.

Crítica realizada por Moisés C. Alabau

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