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09.04.2018 Críticas  
¿Cómo?: Mintiendo

Una de las citas teatrales más destacadas en estos días tiene lugar en el Teatro de La Latina de Madrid con La comedia de las mentiras, obra que se estrenó en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y que ahora se traslada a la capital española hasta el próximo 6 de mayo.

Pep Antón Gómez y Sergi Pompermayer toman algunas comedias y personajes de Plauto y elaboran un espectáculo donde se conservan nombres griegos pero todo lo demás se amolda al gusto contemporáneo. Crean una comedia vodevilesca llena de chispa y con enredos varios que, con un ritmo frenético, reúne historias de amor y desamor que nos transmiten un claro mensaje: la mentira puede salvarnos de alguna que otra situación de desastre.

Un esclavo – interpretado de manera magistral por Pepón Nieto- lleva la carga de toda la obra desde su comienzo. Inicia la función explicando, a través de un prólogo como también solía hacer el comediógrafo latino, a los espectadores el argumento e introduciendo al resto de personajes que comparten escenario con él: dos hermanos –Hipólita y Leónidas- están enamorados respectivamente de Tíndaro y Gimnasia que nos muestran sus enredos amorosos mientras que el padre de ambos se encuentra en un viaje de negocios y deja al mando de la casa a Cántara, su hermana soltera por elección propia, a la quien rompieron el corazón muchos años atrás. Y, en medio de todos estos enredos y temas amorosos poco transcendentales, se encuentra el mayordomo Calidoro que gracias a las mentiras se va manteniendo a flote. Asombrosa su interpretación que nos muestra gran desparpajo sobre las tablas, dejando en un segundo plano a todos los demás personajes interpretados por María Barranco, Marta Guerras, José Troncoso, Raúl Jiménez, Angy Fernández y Paco Tous.

Interpretaciones de altura que, con sus pequeñitos altibajos -Angy Fernández corre mucho y vocaliza poco y hay que estar muy pendiente de sus diálogos para no perderse ningún detalle, de la misma manera que la voz nasal de María Barranco hace que nos perdamos alguna que otra palabra suelta- componen este acertado elenco que se dedica a reconfigurar el teatro clásico para convertirlo en una comedia popular que explota los estereotipo del mismo. La escenografía que consiste en varias lámparas y sofás que los propios actores, con vestuario sesentero que se desmarca de lo tradicional, mueven sin mucho sentido al ritmo de la música. Y todo siempre acorde con una correcta iluminación que permite crear diversos espacios escénicos para todos los personajes.

Una comedia que funciona por las ágiles interpretaciones y que triunfa entre el público – ya he visto colgados los carteles de no hay entradas para alguna función en la puerta del teatro- que busca un par de horas de diversión.

Crítica realizada por Patricia Moreno

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