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06.04.2018 Críticas  
Terrible, distopía

Si hace unos cuatro años, por la capital británica se dejaba caer una adaptación del clásico de George Orwell, 1984, en un teatro alejado del West End, pero resultón en cuanto a su propuesta, el que hoy nos ocupa le llega a la zaga, perdiendo una oportunidad brillante de versionar uno de los libros clave de la ficción distópica.

Pocos se pueden contar que no sepan ya qué es 1984, y qué cuenta, puesto que es casi un libro clave de la enseñanza, y muchos son los institutos que cuentan en sus planes con la lectura obligada de este clásico británico del 1949. Winston Smith es un empleado del Ministerio de la Verdad, cuyo cometido es reescribir la historia en base a los preceptos establecidos por el Partido Único, en un régimen totalitario sometido a la vigilancia constante del Hermano Mayor (dejemos lo de Gran Hermano para el moribundo reality televisivo). En este clima opresor, donde hasta el sexo está prohibido, Winston conoce a la joven Julia, y deciden unirse a la Resistencia, con el cometido de intentar derrocar el régimen a través de acciones extremas.

Javier Sánchez-Collado y Carlos Martínez-Abarca firman la versión del texto original, y este último toma las riendas también de la dirección de los cuatro actores de Paradoja Teatro, Alberto Berzal (Smith), Cristina Arranz (Julia), Luis Rallo (O’Brien) y José Luis Santar, interpretando hasta seis personajes él solo.

Siendo uno de los pocos que (públicamente) reconocen no haberse leído esta obra de Orwell (bueno, ni esta, ni ninguna otra), tras presenciar este montaje, pocas ganas le quedan a uno de asomarse a las 326 páginas de su original, y 380 páginas en la edición en castellano; es tan confusa la progresión de la trama, y tan poco acertado el tono de la dirección de actores, que la aproximación a este entorno futurista cercano a una pesadilla, se convierte en eso mismo para el espectador, pero no por lo terrible de la sociedad carente de libertades individuales e hipermonitorizada que describe, sino por unas interpretaciones tan histriónicas y desatinadas, que en su tramo final rozan el absurdo, así como una duración exorbitada, siendo el reto, no ya imaginarnos que ese futuro, casi ya presente, no queramos que se haga realidad, sino luchar contra el deseo de comprobar cuántos minutos quedarán para los aplausos finales.

He podido ver un trabajo previo de alguno de los actores de la compañía, en un proyecto en gira de Paradoja Teatro, «El Coleccionista», que se programó en el teatro Lara hace unos años, y lo que en ese montaje eran claros aciertos el uso de los audiovisuales, y la atmósfera que creaban un entorno y unas interpretaciones a la altura del texto, es tal la ambición que gravita en abarcar la totalidad, o las máximas tramas del texto original, que cuando desde el escenario se enuncia la voluntad de mostrarnos qué esconde la Habitación 101, casi prefieres que se lo ahorren porque no hay más necesidad de seguir sirviéndonos tópicos de las sociedades futuras y de los regímenes totalitarios.

Ese parece ser el talón de Aquiles de este 1984, la excesiva codicia, el afán de darnos una enseñanza que llevarnos a casa, cuando la pretensión opino que debiera haber sido una concisión en el mensaje, y un tratamiento del texto desde la base de ese diario comenzado un 4 de abril del 1984, en donde primase que contra tortura y traición, el amor de los protagonistas estuviese presente, y empatizar con que al final siempre los poderosos terminan saliéndose con la suya. Y en este caso, la duración y una dirección deficiente, hacen que desees que la «semana del odio» sean los minutos finales y la platea pueda desahogarse en ellos.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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