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26.03.2018 Críticas  
Desde la frecuencia más remota

El Teatre Tantarantana acoge la nueva producción del Col·lectiu La Santa. L’hora blava es un espectáculo con una manufactura muy destacable, unas interpretaciones bien trabajadas y un equilibrio delicado y complejo pero resuelto con perspicacia entre la parte más abstracta y subjetiva y la más comprometida y concreta.

El primer tramo de la función es excelente. La recreación del ambiente y la presentación de la situación y del personaje interpretado por Adrià Olay. Entorno, hábitos, costumbres, rutinas. La cotidianidad del único habitante de una isla que ilumina noche tras noche no se sabe a quién ni para qué. No desvelaremos ningún detalle del desarrollo del argumento, pero hay que destacar la dramaturgia de Laura Mihon y cómo consigue llevarnos a través de la ficción y del devenir de la relación entre los protagonistas por un camino intrigante que, en última instancia, nos hará ver y participar de ambos puntos de vista.

Su dirección escénica es especialmente relevante en la gestión del misterio y el suspense. También en la dosificación y gestión de los recursos dramáticos y de los espacios y momentos reservados a la comunicación con el exterior. La sensación de aislamiento está plasmada con acierto y nos invade tras pocos minutos. Otro punto fuerte es que tras una aparente hibridación genérica hay un foco firme y muy bien tramado hacia el lugar físico y anímico donde debemos terminar. Lejos de la manipulación a la que se nos puede someter en propuestas donde el giro argumental resulta caprichoso, lo que consigue Mihon es una persuasión insólita y que nos ha gustado mucho descubrir.

El envoltorio que permite que todo esto suceda es exquisito y muy adecuado. El espacio escénico de Daniel Ruiz y Kaka Gouvea (excelente construcción escenográfica de Paco Hernández) es aparentemente sencillo pero sabe cómo recrear con los mínimos elementos el interior y el exterior. Lo que sorprende es la situación y la ubicación en el escenario, ligeramente descentrada y con paredes invisibles. Una elección que amplifica el desasosiego y sensación de retraimiento e incomunicación. En esa misma línea apuntan la iluminación de Laia Garcia y Joan Rey y el espacio sonoro de Cesc X. Mor. Un trabajo conjunto que distingue y amplifica las resonancias narrativas y estilísticas de la función.

Y con un fuerte sentimiento de pertenencia, encontramos a Adrià Olay y Pau Sastre. Es muy interesante el recorrido inverso que realizan para evidenciar las contradicciones y temores de sus personajes y cómo consiguen mostrar el punto de encuentro en mitad de la desolación más absoluta. Una variante muy interesante del juego del ratón y el gato que ambos desarrollan con una verosimilitud muy destacable. El trabajo de Olay en las primeras escenas, en las que prácticamente no habla y nos muestra su rutina diaria, nos hará sentir como voyeurs de algo que no sabremos discernir hasta más adelante. Y Sastre juega muy bien con los registros dramáticos. La construcción (y escritura) de su personaje puede parecer algo más tradicional en un principio pero, poco a poco, sabe girar y mostrarnos todas sus capas. Ambos aprovechan, entienden e interpretan muy bien ese ocultamiento y progresiva desnudez de ideas, valores y posicionamientos. Muy buen trabajo.

Finalmente, aplaudimos el compromiso del Teatre Tantarantana al coproducir esta pieza. L’hora blava es un muy claro ejemplo de que el teatro es una herramienta útil y potente para evocar, evidenciar, sacudir y cuestionar. Cuando las buenas intenciones se canalizan a través de un pulso narrativo firme y se utiliza la ficción como opción antipanfletaria para desarrollar un discurso, el resultado es tan estimulante como exitoso. Una muestra que destaca por su mirada hacia el presente más inmediato y urgente a través de la manifestación artística, en este caso dramática.

Crítica realizada por Fernando Solla

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