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22.03.2018 Críticas  
Un sol a oscuras

Sol solet es una de las obras de Guimerà menos conocidas y, a la vez, una de las más oscuras y turbias. Jugando con la aparentemente canción infantil catalana, que habla del astro rey, Guimerà juega con el doble sentido para escribir la historia de un hombre solo en busca de la luz y el calor dentro de una familia.

Carlota Subirós la rescata, realizando su propia versión y dirigiéndola, con la ayuda de la adaptación en la dramaturgia de Ferran Dordal i Lalueza y nos la presentan en la Sala Petita del TNC. Además, cuenta con la escenografía de Max Glaenzel, el sonido de Damien Bazin y un elenco bien curtido en el teatro catalán. Un número de ingredientes que, a priori, deben dar buenos resultados, aunque en esta ocasión, se nos queda la propuesta un poco sosa.

Por separado, disfruto de todos esos ingredientes. Me gusta el diseño del decorado, en esa versión fría y minimalista de una casa catalana de principios del siglo XX, con espacios laterales en forma de pórticos, donde dar aislamiento a los actores que no están en escena pero que permanecen presentes. También aplaudo el piano para la música en directo en momentos contados como parte del escaso mobiliario. El foco de luz cálida al suelo en la parte central como elemento recordatorio del sol que el protagonista busca, también se acepta y se entiende. Sin embargo, quizá encontramos un pequeño abuso del foco en movimiento que ilumina actores y paredes durante toda la función, a la vez que la extrema oscuridad en la que transcurre toda la obra, aún entendiendo que se quiera usar ese recurso como rasgo predominante del montaje.

El trabajo de los actores es excelente, en especial el de Roger Casamajor en el papel del desesperado y turbado Hipòlit, quien arroja toda la carne en el asador en su interpretación, sin miramientos, consiguiendo así clavar su personaje. También destaca en su interpretación Mercè Aránega, quien ejecuta a Gaietana en una interpretación pulcra y con la fuerza que ya ha demostrado en anteriores ocasiones. Javier Beltrán y Laura Aubert como Jon y Munda también son disfrutados en sus parte, en especial Beltran quien nos regala un monólogo sobre su infancia y sus sentimientos que podría ser una de las partes más emotivas de la noche. Junto a ellos, Oriol Genís, Ramon Pujol, Laia Duràn (interpretando a la Luz) y Antònia Jaume (como la Sombra) completan un nutrido reparto que actúa en armonía en el conjunto.

Aún y así, nos falta enganche. Nos falta agarre o empuje para acabarnos de enamorar. Esa química que hace que te quedes sin aliento o que te deja el regusto por días. ¿Quizá le faltaba rodaje ante el público (al ser una de las previas ante del estreno)? ¿Quizá le falta que la acción sea más evidente? No sé, pero algo nos faltó. Es una propuesta arriesgada, muy moderna, donde se mantiene el aroma de la época modernista de Guimerà, pero con una adaptación contemporánea que, de alguna manera, no nos ha acabado de convencer.

A pesar de eso, sigue siendo una propuesta respetable, donde se revela la admiración de Carlota Subirós por el teatro catalán, y eso ya suma puntos en sí mismo para, al menos, darle la oportunidad.

Crítica realizada por Diana Limones

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