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20.03.2018 Críticas  
Un cuadro, flamenco

Poca documentación ha quedado de los meses que pasó Lorca viviendo en Cuba, acogido por un matrimonio español que llegó allí de luna de miel, y nunca regresaron. Este espectáculo de flamenco y son cubano, pretende recrear las sensaciones, vivencias y sonidos que acompañaron a Federico durante esos “mejores días” de su vida.

Idea, dramaturgia y dirección de Francisco Ortuño Millán, contando con Loles León para guiarnos los pasos durante todo el espectáculo, contar con los textos inéditos que dejó en tierra cubana, y los poemas de su amigo el activista y poeta cubano Nicolás Guillén, que le acompañó en el devenir de esos tres meses por la isla. Los “más de 20 artistas en escena” que forman el cuerpo de baile, los músicos y las voces, son el gran activo de este montaje, en el que también destaca el diseño de iluminación del siempre grande, David Picazo, aunque aquí, y valga la redundancia, queda deslucido.

La narrativa de este espectáculo musical Oh Cuba se soporta sobre dos pulsos (el de bienvenida y del hasta siempre) y cinco latidos (de los orígenes, el clásico, el mulato, el del amor y el deseo; y el de la convulsión). Loles León, figura difusa que emula al poeta nacional cubano, a la musa, al sentir isleño, aunque nunca, como se echa en falta, al genio de granada, inunda el escenario con esa blancura nuclear de su vestido, su peluca, y un sombrero de copa (o es de tres picos, como Falla, el “responsable” de la invitación al poeta Cuba, como se menciona en uno de los textos). Sobre el rap, prefiero buscar el porqué en Yahoo Respuestas.

Tras el pulso de bienvenida, los latidos se van sucediendo, sin orden ni concierto, en forma de cuadros flamencos con ecos de son cubano, pero flamencos al fin y al cabo. Estableciendo la conexión de que a ojos de Federico, Cuba era una extensión de Andalucía, pero “un grado más alto”, los bailes, zapateos, y los golpes de la bata de cola acontecen ante una audiencia a la que le faltaría simplemente acompañar el show con una sangría cubanizada con un chorrito de ron. Oh Cuba es un cuadro flamenco en un entorno de lujo como el Fernán Gómez. Se agradecen la ausencia de palmas entre actos, espontáneos y ebrios “oles”, y ensalzados actos de apropiación cultural personificados por grupos de turistas captados en el mercado de San Miguel.

Oh Cuba acusa una falta de mimo en la dramaturgia, a la que no se le da el peso que el debe, al estar homenajeando el paso de un artista que dio tanto peso a la palabra. La narración de esos latidos, tejida por un invisible hilo que nos atrapase y nos transportase a la fascinación que sufrió Federico por los colores, los olores y los sonidos de la isla, es la gran falta de todo este proyecto, del que uno se queda con haber asistido al despliegue de un cuerpo de baile experimentado e inmenso, que solo entra y sale y se cambia de ropa y taconea. Con todo y con eso, más allá de abandonar los comodísimos sofás en lugar de butacas del Fernán Gómez, uno no puede mas que admirar la entrega de esos músicos y bailarines, aunque nos vayamos a casa con las tripas vacías de emoción y mensaje.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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