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13.03.2018 Críticas  
Un habilidoso sainete para un reparto distinguido

El Teatre Poliorama vuelve a confiar en Eric-Emmanuel Schmitt y recupera El Llibertí. Un texto con varias capas de lectura que se embastan en un formato de vodevil de época y que juega con el anverso y reverso de situaciones, ideas y personajes. Un elenco especialmente inspirado y una dirección oportuna de Joan Lluís Bozzo redondean el resultado final.

A partir de una situación real, Schmitt construye el esqueleto de la función. Lo que podría parecer una simple anécdota resulta muy representativo de la naturaleza de la pieza. Madame Therbouche conseguirá que el mismísimo Denis Diderot pose desnudo ante ella. La objetivación del hombre y su docilidad frente a la mujer. Artes plásticas, en este caso la pintura, desajustando los valores y máximas filosóficas. Existencia, conocimiento, belleza, lenguaje y moral (sobretodo “la” moral) en un contexto en el que el enredo, el fingimiento, la burla, el engaño y el artificio funcionan como estratagema de lo que podría ser la archiconocida guerra de sexos. Todo esto está presente, pero la pieza va bastante más allá.

No se trata de desvelar el devenir de la trama ni sus giros pero si por algo destaca El Llibertí es por la aparente facilidad con la que nos mantiene en un estado entre distendido y alerta. La reflexión se disfraza de levedad. Lo ligero de las situaciones se contrarresta con una reflexión profunda sobre preocupaciones tanto o más mundanas como pueden ser la atracción sexual y el juego de sumisión, deslealtad y subyugación entre el filósofo, la pintora, la esposa e hija del primero y una amiga de la joven. Cerrando el círculo, encontraremos al personaje de Baronnet, que interrumpirá las constantes idas y venidas de los ya mencionados y reclamará la entrega de un apartado muy concreto de “L’Encyclopédie”. La mezcla de personajes y situaciones reales con el argumento de la obra cuestionarán máximas y valores de los que se supone que Diderot debería ser portador y padre referencial.

La construcción de personajes que funcionen tanto como catalizadores del relato y como prototipos del género y, a la vez, le den la vuelta a cualquier lugar común, profundicen en su esencia e incluso se rebelen contra los corsés de los convencionalismos y descripciones, es el punto fuerte de la dirección de Joan Lluís Bozzo. La traducción de Esteve Miralles sigue dando en la diana con una aproximación deliciosa y de una atención y finura absolutas. A su vez, la escenografía de Montse Amenós juega con la imagen pintada y la perspectiva situándonos dentro de un cuadro de la época que los protagonistas se encargarán de (des)dibujar a su antojo. En cuanto a su diseño de vestuario, sigue destacando la estética de las piezas y la adecuación en la caracterización de cada personaje. La pieza única sirve para dotar de personalidad a cada uno de ellos y también ayuda a fijar el marco temporal en la única tarde en la que discurrirá el embrollo. La iluminación de Ignasi Morros consigue la claridad óptima para que disfrutemos de este particular cuadro escénico de la mejor manera posible. Siempre.

Y los intérpretes, sobresalientes. Muy alineados para llevar el ritmo de la función con tino y puntería y, a la vez, aportando su toque personal a cada personaje. No hay rol pequeño en manos un buen intérprete. Jan Forrellat supera lo episódico del suyo y aporta las dosis de energía y combustible necesarias para tensar la placidez y sosiego del personaje titular. Clara Moraleda juega muy bien sus cartas como hija del filósofo y se muestra ingenua e irónica a la vez. Encuentra un lugar muy placentero entre la puerilidad de su actitud y los azotes de sus réplicas. Lo mismo sucede con Elena Tarrats, que demuestra una naturalidad asombrosa tanto en su momentos más cándidos como en los más seductores. Su complicidad con los dos cabezas de cartel es hilarante y demuestra una vez más que se mueve como pez en el agua en las piezas de época. Annabel Totusaus no necesita más que una escena para que el público se quede con ella y su personaje. La primera guantada dialéctica e ideológica hacia Diderot será la suya y será ella la que inicie el turno de carcajadas del público. Breve, concisa y muy oportuna.

Abel Folk construye a su protagonista de la cabeza a los pies, mostrando todas las dobleces ideológicas sin olvidar en ningún momento ni el contexto ni el formato en el que se encuentra. Se presta al juego más alocado alejándose siempre de cualquier zona de confort. Junto a él, una partenaire excepcional eleva la función y la conduce a zonas insospechadas. Àngels Gonyalons realiza un trabajo espléndido. Capta toda la voluptuosidad del texto y las situaciones y se convierte en su personificación escénica. Un dominio de cada gesto, cada palabra y cada silencio que crece escena a escena hasta un último tramo en el que se erige como la reina de la función y consigue darle un nuevo (y definitivo) giro a su personaje y, de paso, a todo el género femenino, ganando la batalla de calle. Su Madame Therbouche es ingeniosa, inteligente, sagaz, perspicaz, aguda y engatusadora. Y cuando toca, castigadora. De gesto y palabra. Exquisita interpretación.

Finalmente, con El Llibertí disfrutamos de una puesta en escena con entidad propia. Más allá del recuerdo que podamos tener del primer montaje, no será necesario recurrir a él en ningún momento. Escenografía y vestuario nos llevarán al mismo lugar y el texto, por supuesto, se mantiene intacto. Sin embargo, la dirección de Bozzo ha propiciado que el elenco desarrolle a los personajes de un modo desencorsetado con respecto al original. Sin duda, este detalle marca la diferencia y todos brillan en escena tanto como sus personajes sobre el papel. Un muy feliz reencuentro nos espera en el Teatre Poliorama.

Crítica realizada por Fernando Solla

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