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10.03.2018 Críticas  
El poder de la mirada

La calle Ercilla de Madrid lleva tiempo apuntando maneras como el West End patrio, con toda una serie de pequeñas salas de teatro que han brotado alrededor de la ya mítica sala Cuarta Pared, y que poco a poco nos van ofreciendo gemas como este Mirona de Paco Bernal, con dirección de Juan Vinuesa e interpretado por Ángela Chica.

Como un francotirador, Dolores se planta a diario en lo alto del edificio en el que vive para disparar sus palabras hacia las nubes, y su mirada a los vecinos y transeúntes de su barrio. Dolores no es una Mirona al uso, pues la intención en su inspección no persigue más que combatir el hastío y la pereza que le produce la vida mundana, y el trato cercano con esos seres que, desde las alturas, ve más diferentes a ella, con menos influencia sobre su persona.

Ángela Chica se mete en el bolsillo al público desde su primer parlamento. Su gracejo andaluz es aquí su principal baza, y lo menos importante es qué nos dice, si nos relata todas las tipologías de coleópteros, lo que acontece en el vecindario, o si nos describiese paso a paso una receta; su interpretación tan natural hace que veamos a Dolores y su amiga en la caja de cartón como unos seres adorables e ingenuos y no a una huraña y cansada joven, que hasta trabaja desde casa para mitigar el asco que le producen la gente.

Mirona tiene una buenísima premisa que podría da mucho juego en cuanto a las mil posibilidades que ofrece una mujer apostada en un tejado, increpada a veces por los viandantes. Paco Bernal no ha profundizado en la psique de Dolores, y ni siquiera la emoción que debería generar cierto episodio relatado, o los retazos que se comparten de su vida y que nos servirían para empatizar con ella, se quedan en eso mismo, apuntes, bocetos de un dibujo más grande que se queda en la libreta de los esbozos. Echo en falta en el texto mayor entrega e interés en que nos enamoremos de esta misántropa, hecho mitigado por el genio de Juan Vinuesa que ha dado las notas justas para que Chica juegue con su personaje, y muchas veces no notemos la delgada línea que separa la improvisación del texto aprendido.

Lo que comenzó como una pequeña pieza de menos duración, ahora alcanza la madurez con sus comedidos 60 minutos, pero esta Mirona tiene mucho recorrido aún, y función tras función puede llegar a crecer como un monstruo de siete cabezas que comience a cobrar conciencia de si mismo, y a mutar con una fuerza y entrega aún mayor que la que le pone su actriz y todo el equipo detrás de este proyecto, desde la brillante escenografía de Ícaro Maiterena, a la producción ejecutiva de ese “ojeador” de talentos ocultos que es Edu Díaz, uno de los responsables de la revelación de hace varias temporadas “Amores Minúsculos” o del genial “Sole Sola” de Carlos Crespo.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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