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27.02.2018 Críticas  
Nadie hablará de nosotras cuando peinen una peluca

En un tiempo en el que nos encontramos faltos de referentes reales, cuyos hechos y acciones han ayudado a que hoy podamos vivir como lo hacemos, Juguetes rotos llega a la sala Margarita Xirgu del Teatro Español, para rendir homenaje a todas aquellas heroínas anónimas que tuvieron que partirse la cara para vivir vida.

Carolina Román firma y toma las riendas de la dirección de este texto que cobra vida con Nacho Guerreros y Kike Guaza, tras las experiencias de la dramaturga en su formación como terapeuta gestáltica. La historia comienza por el final, cuando Mario (Guerreros) atiende una llamada que le hace volver la mirada a ese momento en el pueblo en que cobra conciencia de su sexualidad, y emprende el camino para salir de ese ambiente cerrado y opresor, para llegar a la Barcelona, donde de la mano de Dorinne (Guaza) comenzará a vivir lo más aproximado a la vida que siempre soñó.

Juguetes rotos es un viaje de ida y vuelta, una historia circular que como el propio ciclo vital, nos va mostrando imágenes de la vida de Mario, de Marion, de Dorinne, de la moral confusa de esos hombres educados en la tradición “putera” e hipermasculina, muy propia de los entornos rurales. Nacho Guerreros es el portavoz de esta historia vital en la que este adolescente con nulas inquietudes labriegas toma la sabia decisión de alejarse del ambiente opresor, y del juicio en los ojos de las gentes, que caen como losas sobre su espalda.

El marcado acento baturro del primer Mario de Guerreros, presentando a ese joven inocente e ingenuo, que recibe un golpe de realidad junto al río de a manos de su primo, el cual le quita las pocas dudas que aún le invadiesen de que huir hacia adelante será lo más acertado. Mario niño nos conquista, pero como su habla, el personaje comienza a convertirse en algo neutro, sin carácter, y sus primeras vicisitudes en la gran ciudad no logran llegar con fuerza al espectador, que ya no tiene ojos mas que para la francesa de adopción, Dorinne, un magnífico personaje interpretado por un Kike Guaza que brilla con luz propia en todas y cada una de sus intervenciones. Dorinne tiene tanto carisma, frescura, y ha recibido tantos palos de la vida, que los pocos apuntes que se van dando de su persona, saben a poco.

Juguetes rotos es la historia de Dorinne, y parece que una vez más, como una paradoja de la vida, el foco y la historia se centra en un personaje anodino, cuyo desenlace parece precipitado y poco creíble. Román pierde aquí una oportunidad de oro de sacar con nota un montaje que tiene todos los componentes para ser un revienta-taquillas: una escenografía de ensueño de Meloni, una iluminación de lujo de David Picazo, y dos muy buenos actores a los hacer brillar y conmover a la platea, que es lo que busca esta historia, pero que un diseño sonoro deficiente, y unas transiciones entre los capítulos de la historia que no aportan mucho, hacen que la sensación general sea de un aprobado, sin llegar al notable, el cual debería ser el objetivo.

El germen de homenaje mas que merecido a todas aquellas luchadoras valientes que sin quererlo, se convirtieron en activistas de una causa que aún a día de hoy, no está ganada, es un gesto loable de Carolina Román, y espero que este proyecto tenga una larga vida girando por todos aquellos entornos de los que Mario y Dorinne tuvieron que salir huyendo, para concienciar a esas gentes, que condenar al diferente, al extravagante, a través del verbo, o de silencios y miradas que valen más que mil insultos, convierte a estas personas no solo en alguien más fuerte a la par que desgraciados, sino en Juguetes rotos de por vida.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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