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23.02.2018 Críticas  
To be young, gifted…

El Maldà acoge el segundo espectáculo de L’Excèntrica y se convierte en lumbre y morada del mundo interior de Nina Simone. Lovely precious dream resulta un trabajo extraordinario que alcanza la excelencia en todas sus facetas hasta convertirse en uno de los puntales de la temporada.

No nos encontramos ante una biografía o muestra de teatro documental. Muy felizmente, se ha recuperado el soliloquio dramático, en este caso también musical. Juanjo Marín ha realizado una auténtica proeza. Ha conseguido una progresión e introspección dramática, siempre adecuadas dentro del contexto social y vital de la protagonista y manifestadas a través de sus canciones y su particular aproximación interpretativa. De algún modo, tendremos la sensación de sumergirnos dentro del sistema nervioso de Nina. Lo que en un principio parecerá un intercambio de impresiones con el público se convertirá en algo que va mucho más allá del monólogo interior y se exterioriza como un estallido de dolor y rabia. Una confrontación consigo misma y en voz alta que es, en última instancia, una liberación emocional que compartimos y de la que participamos todos.

Una deferencia conmovedora hacia la figura artística y personal de la High Priestess of Soul, especialmente hacia su faceta como intérprete y pianista, además de como compositora. No se requerirá una imitación pero sí una inmersión en las características y estilo de la cantante. Marín ha sabido incluir los géneros musicales, así como la lucha por los derechos civiles y el abandono de un país motivado, entre otras cosas, por la segregación racial. Y lo ha hecho de un modo nada discursivo y valiéndose de una profundización a través del trabajo con la intérprete y con la elección de las canciones, que aportan significado y transforman la alegoría en un recurso dramático y narrativo que siempre va más allá de la mención de acontecimientos. Un balance perfecto entre lo implícito y lo explícito. Un autor y director cuyo talento ha conseguido una creación que es maravillosa, tanto a nivel aproximativo como de fondo.

La puesta es escena es limpia, precisa y puntera. Un espacio desnudo del que se aprovecharán todas las posibilidades en un juego de entradas y salidas magnífico. El trabajo en el sonido de Sofía Ana Martori y de Sergio Roca como técnico resulta impagable. La iluminación del espectáculo podría describir por sí sola todo el torbellino emocional que se describe mientras dura la función. Un acompañamiento inestimable que es a la vez refuerzo dramático, elaborado y expresivamente sugestivo, y tan profundo como el resto de la propuesta. La elección de una única pieza de vestuario blanco es tanto o más elocuente, ya que nos permite situar al personaje en distintas etapas y edades, además de ubicarnos dentro de su contexto vital y social. El protagonismo que se reserva al piano, así como su movimiento por el espacio escénico y su interacción con los dos intérpretes dibuja un pentagrama sensitivo y anímico impresionante. Así como los bocetos que la protagonista realiza sobre él y sobre los baldosines de la casa con una tiza. Dibujos que evocan en blanco y negro su recorrido. Impresionante.

La creación de Esmeralda Colecte consigue lo impensable, convirtiendo en una realidad evidente lo que parecía inalcanzable. La intérprete gestiona excelentemente el material que se le ha entregado y consigue mostrar todas su capas. Desarrollando toda la progresión del personaje consigue que las transiciones entre texto y temas musicales sean inapreciables, así como entre estados de ánimo. Sabe captar y plasmar el talante de Nina de un modo que supera el tributo hasta convertirse en vívido retrato. Estilísticamente, muestra el registro de contralto de la cantante, todo su apasionamiento y esa voz entre el sofoco y el resuello tan característica. Mostrando y ocultando. También sus estallidos de rabia más temperamentales. Consigue nuestra complicidad con un conmovedor uso de los silencios y con una trabajo físico y expresivo de campeonato. También con la voz, ya que la fluctuación y amplitud vocal que demuestra es de infarto. Su interacción con el piano y con su compañero David Anguera aportan gran valor añadido a la función. Entre los tres juegan, una vez más y a las mil maravillas, una partida escénica en la que el ocultamiento y la necesidad de mostrarse mantendrán un pulso intenso y catártico.

Finalmente, Lovely precious dream nos encandila tanto por la interpretación de Colette como por una dramaturgia magnífica que dibuja un personaje y a su contexto inmediato hasta fundirlos de un modo cristalino con una obra y una personalidad tan características como la relación que se establece con el público. Un público que asimilará el dolor de la protagonista de un modo corpóreo y cerebral. Un intercambio que pocas veces suele desencadenarse en un teatro de un modo tan penetrante y, a la vez, liberador.

Crítica realizada por Fernando Solla

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