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16.02.2018 Críticas  
Cuando la etiqueta no importa

Nos vemos en la obligación de etiquetar todo. En esta ocasión llega al Teatro Real un asombroso montaje que nadie sabe bien como etiquetar. ¿Es un musical, es una ópera? Es difícil llegar a un acuerdo. Lo que nadie pone en duda es que Street Scene es una obra maestra de Kurt Weill, y que el montaje que ha estrenado el Teatro Real es memorable.

Hablar de Kurt Weill son palabras mayores, sus composiciones se hallan entre lo más prestigioso y aclamado del género musical y operístico. Escapando del nazismo, abandono su patria para vivir en Nueva York. Allí, en la ciudad más magnética del mundo, encontró la inspiración para a partir de una novela de Elmer Rice, ganadora del Pulitzer, crear y poner música a Street Scene. Una historia coral que se desarrolla en el 346 de Lower East Side, en caluroso día de verano en la década de los 40.

Un caleidoscopio de culturas, de ilusiones ansiadas y frustradas, de impulsos trágicos. Todo se dará la mano en ese edifico. Las vecinas chismosas que se regodean en la frustración de Anna Maurrant, casada con Frank, un hombre tosco y alcohólico. Anna tiene un romance con el lechero, y eso es la comidilla de todo el edificio. A ello se une Rose, la hija del mencionado matrimonio, que se debate entre las pretensiones de un hombre casado que le promete una vida de estrellato en Broadway, y el amor sincero de uno de los vecinos. Todo esto es un tosco resumen de todo lo que ocurre en Street Scene, porque la historia se teje entre tramas y más tramas. Más de 25 personajes distintos que aportan verdad a esa historia, que a pesar de estar ambientada en los cuarenta, es tan real que podría trasladarse a la actualidad.

Toda la música recorre estilos que van desde el jazz nocturno, que recuerdan a Gershwin, a Cole Porter, llegando a ser Puccini. Kurt Weill lo quiso así. Se estrenó en Broadway a finales de 1946, y a pesar de que solo se representó unas 150 veces, se la reconoció como obra maestra, llegando a ganar el primer Tony (premios de teatro musical) de la historia. Nunca más se representó en Broadway, sus partes operísticas y su amplio reparto la llevaron únicamente a representarse en teatros de ópera. Pero su lenguaje musical es puro y autentico Broadway.

La escenografía recrea esa característica arquitectura neoyorquina con todo lujo de detalles, se huele el calor y la humedad. Las luces de la ciudad aparecen en la bellísima escena de baile, un derroche de lo que todos entendemos que es la esencia de un musical. Las escenas corales consiguen erizar el vello de la platea. Y los números solistas o duetos son de una belleza indescriptible. Fragmentos como el de los helados, las niñeras ansiosas de ver el lugar donde han ocurrido los fatídicos hechos, el coro de niños. Todo es perfecto. Necesario frotarse los ojos para descubrirse no en Nueva York, sino en la Plaza de Oriente de Madrid.

La calidad de los cantantes es excelente, destacando Paulo Szot, Patricia Racette, Mary Bevan y Joel Prieto. Arropados por un amplísimo elenco en estado de gracia. La historia fluye y engancha. Las letras son pura poesía y describen a la perfección los estados de ánimo de todos los personajes. Solo por sacar un insignificante detalle borroso, diría que uno de los momentos cumbre no está bien resuelto escenográficamente, al quedar un poco emborronado entre tanto movimiento actoral. Por lo demás, la perfección del musical se da la mano de la perfección de la ópera en un acontecimiento único.

Decía el Señor Joan Matabosch en la presentación de Street Scene, que quizá a los puristas de la ópera les chirriaría encontrarse esa propuesta, y más después de la maravillosa y también casi musical Dead Man Walking. Yo creo que no, la fina línea que separa los dos géneros es tan suave en este perfecto montaje, que dudo que nadie pueda decir algo en contra de este proyecto.

Street Scene es un retrato de la miseria y los sueños, un retrato actual, donde hay machismo, maltrato, desahucios, pobreza, lucha de clases, racismo, ilusiones, amores rechazados, amores resignados, víctimas de género. Todo de una rabiosa actualidad, en el Nueva York de los cuarenta, tapizado de melodías únicas, y de unas escenas que se quedaran grabadas para siempre en los que hemos tenido la suerte de presenciar semejante montaje.

Desde aquí mi agradecimiento al Teatro Real por empeñarse en traer y producir una de las piezas más desconocidas y que rara vez se pueden ver. Nos ha emocionado a muchos y conquistado a todos.

Crítica realizada por Moisés C. Alabau

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