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31.01.2018 Críticas  
La potencia emisora de una rapsoda

La Seca Espai Brossa se convierte en el nuevo hogar de La perdiu és de qui la caça. Un espectáculo en el que la palabra y la música se entrelazan a partir de los diversos factores básicos implicados en el acto comunicativo. El arte de explicar historias y de captar la atención del receptor.

Ariadna Pastor ha realizado la dramaturgia a partir de algunos textos de “Las mil y una noches” y el “Decamerón” de Giovanni Boccaccio. Aunque no se manifieste de manera expresa, hay una búsqueda de los vínculos entre ambos relatos medievales y, por lo tanto, de las formas primigenias de transmisión oral orientales y occidentales. La cuestión de género está igualmente introducida no sólo desde la ficha artística sino a partir de una selección de textos en los que el papel de la mujer es determinante o definitorio en cada fragmento. De algún modo, una vuelta a los orígenes no sólo de la tradición oral sino también del asentamiento de unos cánones o líneas de pensamiento que se han ido transmitiendo con el paso de los siglos. Una mirada al pasado para comprender un poco más el presente.

No habría juglar sin acompañamiento musical y es por ese motivo que Òscar Vilaprinyó ha compuesto la música original para viola que interpreta una Laia Capdevila totalmente integrada dentro de la narración. El instrumento se convertirá en protagonista junto a los personajes evocados por la elocuente y vigorosa narración de Pastor. Ambas se compenetran desde el primer momento y vehiculan cada fragmento del relato hacia el lugar deseado. La dirección de Montse Bonet ha conseguido que las dos avancen juntas creando un hermoso y alineado balance entre voz y melodía, invitándonos a escuchar y despertando nuestra imaginación. En este sentido, el trabajo realizado por todos los implicados es destacable.

Pastor despunta especialmente en el dominio expresivo y en su capacidad para mostrarse a través de la voz. Sin ocultar su abanico de recursos interpretativos sabe cómo priorizar el oral, adaptándose perfectamente a la propia naturaleza de la propuesta. Muy bien combinada su característica omnisciente con la protagonista. Capdevila consigue mostrarse a través de su instrumento, exponiéndolo cuando corresponde y convirtiéndolo también en protagonista. No sólo interpreta las melodías sino que ejecuta distintos sonidos con las cuerdas en función de las necesidades del relato, con comicidad pero sin perder nunca el rumbo de este viaje.

A destacar la decisión de no someter al espectáculo a las características de una lectura dramatizada. Si nos remontamos a la tradición oral de transmisión de textos esto no tendría cabida. Teniendo en cuenta que no hay réplicas que puedan dar pie al texto dicho por Pastor, su labor es más meritoria si cabe. Más que notable su potencia como rapsoda y superada con éxito la dificultad de no mostrar costura memorística alguna que empañe el formato de la propuesta.

Finalmente, La perdiu és de qui la caça propicia un interesante ejercicio en el que la escucha es requisito indispensable. Es curioso comprobar cómo volver a colocar la palabra en primer término puede resultar una decisión a contracorriente ya no sólo dentro del contexto del arte dramático sino de cualquier intercambio comunicativo que se realice hoy en día.

Crítica realizada por Fernando Solla

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