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07.12.2017 Críticas  
Familia bien, familia fetén

Al igual que en verano, llegan estrenos fresquitos, en invierno toca que las programaciones se llenen de montajes íntimos que nos atraigan a los teatros para resguardarnos del frío hostil, y el Intemperie Teatro trae durante el mes de diciembre este segundo texto de Juan Frendsa, Oirotalev, dirigido por David Ramiro Rueda.

Una desconocida con una vela nos invita a presenciar el día más triste de su vida, y en la intimidad del espacio de la sala, asistimos al velatorio del padre, al que ella ha cuidado hasta su muerte, y por el que irán desfilando el núcleo familiar: dos hermanos y la mujer de uno de ellos. Dos mujeres y dos hombres de cuyas decisiones en este momento, dependerán sus vidas fuera de esta sala.

Tras el críptico nombre, Oirotalev, se esconde un juego de ambiciones y secretos nunca desvelados que invitan al espectador a disfrutar con las intrigas de esta familia malavenida, y de la que descubriremos poco a poco la maquinaría interna que les ha hecho funcionar hasta este momento. Juan Frendsa firma un texto que bebe de todos los seriales míticos como Dallas, Falcon Crest, Herederos o la recién estrenada, Traición. Todos tenemos una señora cotilla en nuestro fuero mas interno, y enterarse de que la prima de tu vecina es ludópata, y vive un affaire con el portero del bingo, nos gusta y nos hace olvidarnos por un momentito de nuestros propios dramas. Pues esto es Oirotalev, un patio de recreo para sacar a la portera que llevamos dentro (eterno amor hacia las porteras) y cruzarnos las rebequita con cada giro de la trama que estamos presenciando.

David Ramiro Rueda, a quien muchos conocemos por el largo recorrido de su obra “Píntame” por el off capitalino, dirige aquí al elenco, respetando los códigos de todo buen culebrón: enredos de dinero, actividades ilegales, hombres y mujeres indignos, pasiones desatadas, odios reprimidos, e interpretaciones “over the top”. Tamara Casellas, la hermana, parece llevar las riendas de la función, con una emoción a flor de piel, y una verdad en su interpretación que se mueve entre el barrio bajo, y la clase alta del extrarradio; en resumen, un disfrute. Esas riendas las recoge Luis de Sannta, como el hermano pequeño recién llegado de Nueva York, donde lleva una vida de artista atormentado de manual; su alcohólico con ojos de cachorrillo harán la delicia de los y las carpeteras que se acerquen a descubrir sus secretos.

La pareja de la función, Martín Aslan (el hermano mayor) y Lluïsa Valldaura (su mujer) son un, muy creíble, matrimonio de clase acomodada, con mucha incomunicación y mucha insatisfacción. El imponente físico de Martín no sumerge en ese mundo de timbas ilegales y trapicheos judiciales, en el que está inmerso su personaje, pero es Lluïsa la que no termina de ir al son de sus compañeros, con una interpretación baja de intensidad, que es la que marca el resto del elenco. Ella es a la que identificamos con la mala de la trama, y las malas siempre son las preferidas del público, y aquí queda en su segundo plano no merecido. Lluïsa, suelta a esa mala mujer!

Oirotalev es el montaje que con un elenco de caras televisivas, reventaría la taquilla de cualquier gran teatro de Madrid, porque tiene todos los ingredientes que el público comercial demanda. Este texto no nos viene a dar ninguna lección, ni vamos a salir del lugar habiendo vivido una experiencia religiosa, pero la señora de Cuenca (un saludo a todas ellas) que comentaría la función de principio a fin, con su amiga Mariló, diciendo “pero qué guapo es este chico” o “mira la pobre por lo que ha pasao'”, disfrutará un rarito en el Intemperie Teatro antes de irse a tomar un carajillo y contar lo que le ha pasó a ella una vez, en un velatorio.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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