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20.11.2017 Críticas  
El perdón apaga el más grande de los incendios

Incendios es una obra contemporánea que se estrenó en Canadá en el año 2003, pero que tiene un largo recorrido ya que se ha representado en varios países del mundo. Aquí en España, en catalán y bajo la supervisión de Oriol Broggi, tuvo su estreno en el 2010 y actualmente está girando por España un montaje en castellano de Mario Gas que no deja a nadie indiferente.

Además, este texto tuvo también su versión en celuloide de la mano del peculiar y sensible director Denis Villeneuve (Prisioneros, Blade Runner 2049) llevándose nominaciones a los Oscar y los BAFTA en la categoría de Mejor Película de Habla No Inglesa, entre otras, y recibiendo el premio a Mejor Película en los Genie y en el Festival de Toronto.

El éxito cosechado no puede ser simple casualidad. Es, evidentemente, el resultado de poseer el tesoro de un texto que nos engancha desde el principio, que nos revuelve las entrañas y que se cierra mostrando los valores que, si se practicaran como norma, ahorrarían tantos y tantos sufrimientos.

La obra arranca con la lectura del testamento y últimas voluntades de Nawal Marwan, una mujer ya mayor que acaba de morir y que ha estado 5 años voluntariamente sometida a un extraño silencio al que nadie puede dar ninguna explicación. El albacea es Hermile Lebel, notario y amigo de la difunta que reune a los dos hijos gemelos de Nawal para hacerles saber los deseos expresos que su madre ha dejado por escrito. No solo es extraño para ellos la forma en la que se ha comportado su madre estos últimos 5 años y el trato recibido durante toda su vida por ella, sino que una vez muerta, su espíritu continúa presente en forma de misión para cada uno de ellos. Se les pide algo realmente sorprendente y aparentemente imposible: que encuentren a un padre que dan por muerto y a un hermano del que desconocen su existencia y les entreguen una carta de su parte. A través de esa búsqueda, a la que se une también el notario, Simone y Jeanne Marwan conocerán la verdadera historia de la vida que su madre les escondió así como la crónica de un país destrozado por el odio, la miseria y la guerra.

No es una pieza fácil de digerir, ni aún cuando la has visto 3 veces. Contemplar en directo la realidad de algunas condiciones humanas en situaciones críticas no es agradable, aunque sea ficción. El odio de raza, la injusta situación de los refugiados, la marca de los niños-soldados, la denigración de la mujer en Oriente Medio o los estragos de la guerra son los temas que, de una forma cruda y sin tapujos, su autor Wadji Mouawad (quien reside en Canadá pero es de origen libanés) utiliza para dar cuerpo a esta maravilla llamada Incendios. Mouawad, sin embargo, narra esta cruda temática con el tono apropiado para no herir profundamente las sensibilidades de un público español que en el siglo XXI no está acostumbrado a ciertas experiencias.

Por contrapartida, el dramaturgo se ha asegurado de reflejar los valores que, no solo hacen grande esta historia sino que además, sirven para paliar cualquier daño y secuela emocional que una vivencia así acarrea. El perdón, el amor y la amistad pueden subsanar con creces heridas instaladas en nuestro corazón desde la niñez. “La infancia es un cuchillo clavado en la garganta” dice Nawal a sus hijos. Pero ellos consiguen sacar ese cuchillo y curar esas heridas.

El interés en el desarrollo de la narración, hasta encontrar la verdad, es de tal magnitud y el resultado tan sumamente impactante, que la obra es redonda por todos los lados. Y el desenlace, uno que eleva la historia hasta la parte más encumbrada de lo que conocemos hoy como teatro. Nawal dice de nuevo: “Hay verdades que sólo pueden ser reveladas a condición de ser descubiertas”. Y así es como Mouawad nos cuenta esta verdad: nos la deja descubrir al final de los 180 minutos.

En el montaje de Broggi, Clara Segura y Julio Manrique encabezaban el reparto. En esta adaptación, Gas se ha rodeado de un elenco de lujo con la que se nos regalan 3 horas de teatro en estado puro, y en donde la química de los actores con la obra es evidente de principio a fin. Todos y cada uno de ellos consiguen que sus personajes sean tan reales como si hubieran existido de verdad.

La compenetración entre los gemelos, interpretados por Alex García y Candela Serrat, es sencillamente magnífica. La complicidad y la confianza que se muestran (y hasta el cierto parecido físico) así como su rabia, su pena o sus ganas de descubrir la verdad son en todo momento creíbles. Candela es un ejemplo de quien no utiliza un apellido, sino que su trabajo es totalmente merecido. Y la transformación a medida que va descubriendo lo que nunca se hubiera imaginado hacen del Simone de Alex un personaje muy especial. La manera como se derrumba leyendo la carta de su madre es totalmente conmovedora.

Laia Marull lleva la responsabilidad de ser la joven Nawal y aunque al principio sus formas podrían parecer quizás algo sobreactuadas, lo cierto es que su papel madura a pasos de gigante a medida que la obra se desarrolla. Ella y una enorme Lucía Barrado, su amiga Sawda, nos regalan una de las escenas más bellas de la función, en la que se abandera la amistad como la fuerza para sobrellevar el dolor.

Alberto Iglesias se convierte en uno de los actores más versátiles de la ocasión, puesto que llega a interpretar hasta 4 personajes. Pero lo hace con tal convicción, que parece que realmente estemos viendo a 4 actores diferentes. Y German Torres, aunque aparece tan solo al final, realiza su parte con tanta fuerza que se come el escenario. Cabe destacar que sus expresiones faciales, que pasan del odio a la indiferencia y de ahí a la desolación, son realmente desgarradoras.

Para continuar, nos tenemos que quitar el sombrero ante un inmenso Ramon Barea en el papel (entre otros) del notario Lebel, un personaje que consigue templar con su dulzura y su pequeño punto de comicidad la tensión y el dolor latentes en este relato. Es imposible no encariñarse con él y admirar la manera en que un extraño puede llegar a ser familia. Y todo esto es posible, gracias a Barea y su saber estar en las tablas, su encantadora voz y su perfecto trabajo actoral.

Y, finalmente (pero no menos importante), Nuria Espert nos vuelva a dejar boquiabiertos y con ganas de más con sus sobresalientes participaciones. En esta ocasión, ella es Nawal en los últimos años de su vida (también su madre y su abuela) y aunque no está todo el tiempo en escena, en sus intervenciones se palpa como la platea enmudece ante la actriz, guardándole el silencio y el respeto que se merece. ¿Que vamos a contar de esta mujer que no se sepa ya? Su profundo sentimiento, su cálida voz, su dulce semblante aún cuando su personaje sufre, pero a la vez su firme expresión, junto a su perfecta dicción como la gran estrella de teatro que es hacen que brille haga lo que haga. E Incendios no es una excepción. Al regalo de poder ver esta obra, se le une el regalo extra de poderla ver a ella.

Completan este montaje los audiovisuales que lo acompañan, que favorecen la comprensión de lo que está sucediendo y le dan un toque contemporáneo. La banda sonora que aparece en momentos muy concretos, viste de sonido las palabras, que es junto a la historia en sí misma, una de las bases importantes de esta obra maestra y, ¿porque no?, dan algo de paz ante el horror.

No voy a hacer ‘spoiler’, pero si diré que la tensión que se vive hasta el final en una obra de tal duración, solo se puede conseguir si la idea sale de la mente privilegiada de un genio como Mouawad. Y la sensibilidad con la que se cierra esta maravilla solo puede ser escrita por alguien que posea ese mismo talento.

“Pase lo que pase, siempre te amaré”. ¿Se le puede pedir algo más grande a alguien en esta vida? Es extraordinario el profundo mensaje conciliador que Wadji Mouawad quiso transmitir con Incendios. Esta tragedia vestida de thriller con todos los ingredientes de los más duros dramas, forma parte de la tetralogía “La Sangre de las Promesas” que incluye “Cielos”, “Litoral” y “Bosques”. Las cuatro conforman una joya dentro de la disciplina teatral que toda persona debería pararse a visionar al menos una vez en su vida. Aún queda una opción: Teatre Goya de Barcelona. No se lo pueden perder. Sino, se arrepentirán el resto de sus vidas.

Crítica realizada por Diana Limones

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