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10.11.2017 Críticas  
Los gansos graznan un rato y se callan

Uno no se cansa de ver representados determinados clásicos y eso ocurre con Vania de Antón Chéjov, una obra maestra imprescindible para todo buen aficionado que ama el teatro y que ahora puede disfrutar en el Teatro Fernán Gómez de Madrid.

Un acogedor escenario en la sala Jardiel Poncela nos muestra la fuerza de Oriol Tarrasón – adaptador y director, además de actor- para mostrarnos este clásico atemporal en el que se representa la insatisfacción de una vida rutinaria. Todo comienza con la llegada de una pareja formada por un profesor que acaba de jubilarse –José Gómez-Friha- con su bellísima mujer –Alicia Rubio- a su antigua hacienda, llevando el caos a aquel lugar en el que vive una mujer – Teresa Hurtado de Ory- y el tío Vania –Alejandro Cano-. Personaje también significativo en la obra es el médico –Oriol Tarrasón- refugiado en el alcohol hasta la llegada de la mujer del profesor, deseada por todos, y desencadenante de una tormenta que, por muy fuerte que azote en esa casa en la que el tiempo se ha detenido por completo, dejará todo como estaba tras su paso.

Frustraciones que no cambian nada en la vida de esos infelices personajes encerrados en su rutina sin más objetivos ni pretensiones que pasar los días y seguir formando parte de la vida. Aunque este caso no es una versión completamente fiel al texto y la obra parece distanciarse en algunos aspectos de lo propuesto por Chéjov, comprendemos perfectamente la miseria de los personajes que el dramaturgo ruso quiso mostrarnos; aunque sí es cierto que se echa en falta algún personaje, se omiten parentescos entre los que sí aparecen y además, un actor interpreta a dos por lo que éstos no pueden presentarse nunca juntos en la misma escena.

Nada más entrar al teatro, mientras los asistentes nos acomodamos en las butacas, podemos ver que los cinco actores se encuentran sentados en las tablas, tapados con plásticos que irán descubriéndose según avance la función. Es una original puesta en escena en la que los personajes pocas veces desaparecen del escenario, cuando acaban de decir sus frases se retiran a un lado, atendiendo a las actuaciones de sus compañeros e incorporándose a la escena cuando así se requiere. La sencillez de la escenografía –libros y algunos objetos caseros- y la acogedora construcción de esta sala – Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez- permite al espectador introducirse rápidamente en la historia y apreciar bien de cerca la fabulosa interpretación de todos los actores, apreciando cada gesto, cada movimiento… lo que se traduce en mayor conexión con el público. Esto también ocurre cada vez que algún personaje rompe con la cuarta pared y se comunica directamente con los espectadores que, por cierto, éramos pocos y es una pena ver tantos asientos vacíos cuando se trata de un texto imprescindible que muestra la dureza de vivir y de una adaptación merecedora de más aplausos.

Sintetiza algunas cuestiones pero mantiene el espíritu de la obra, por lo que se ve con agrado y puede ser una opción recomendable para disfrutar.

Crítica realizada por Patricia Moreno

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