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10.11.2017 Críticas  
Sueños incompatibles para un texto realista y consumado

La Sala Flyhard apuesta por un texto de Marta Aran que rompe esquemas tanto en su planteamiento como en su desarrollo. Un puñado de personajes que huyen del prototipo y que consiguen trascender su propia historia de ficción gracias al buen pulso narrativo de la autora y directora. Un reparto inspirado y entregado redondea una propuesta nada amable, gratuita o complaciente.

La noia de la làmpada rompe moldes. La Autora y directora consigue un artefacto narrativo cuya relevancia y repercusión asimila por osmosis la situación creada para sus personajes, especialmente la de la protagonista. Tres mujeres y un hombre. Ambición laboral. Relación de pareja y parental. Búsqueda de la plenitud y realización personal. Deseos abandonados y resignación. Usurpación y abnegación. Desengaño. ¿Aceptación?

El envoltorio de la propuesta es el idóneo para conseguir que la ruptura y la transgresión sucedan a tiempo real. La escenografía de Laura Clos (Closca) y Sergi Corbera sitúa la acción en una suerte de sala de exposiciones, habitación y cubículo que retrata el entorno laboral en el que se mueven los personajes, aspirantes a galeristas de arte. La perspectiva del espectador y su capacidad de discernimiento se activan desde el primer momento. Muy interesante el uso invertido al que se le suele dar en este tipo de escenografías al blanco y al negro. Importante también el diseño de iluminación y espacio sonoro de Xavi Gardés, que consigue situar los distintos espacios y momentos álgidos de los personajes.

La escritura de las distintas personalidades va de la mano a una dirección de actrices (y actor) impecable. No hay caricatura, ni siquiera escarnio o burla. Lo que hay es una necesidad imperiosa de derrumbarlo todo, a través de un subtexto argumentativo poco habitual en nuestros escenarios. El rechazo o antipatía que podrían despertar estos individuos en muchos momentos se tornan en empatía y comprensión. Un reflejo cristalino de una manera de sentir incómoda, pero no por ello menos natural o lícita. Cuando legítimo no siempre es sinónimo de autorizado, aceptado o permitido. En ese nivel de profundización, análisis y discernimiento se mueve (y nos remueve) Aran con La noia de la làmpada.

Marta Vila sabe cómo mantener el tono y modificarlo escena a escena con una aparente calma capaz de minar os nervios del más calmado. Oriol Casals consigue mostrar a ese hombre que se cree que por tener sensibilidad artística ya la tiene también como ser humano. Además, sabe darle la vuelta a tiempo y transmitirnos a través de su actitud y rostro la confrontación interna que sufre su personaje. Andrea Portella supera con éxito la difícil labor de encarnar a una mujer que quizá desea algo que nos parece erróneamente desfasado. Su personaje debe romper el cliché del que cree haber superado y evolucionado sin que la miremos por encima del hombro. El contraste con el personaje de Lara Díez, sin duda el más difícil de interpretar, es un hallazgo. Esta última consigue crear a una protagonista que, progresivamente, nos muestra todas sus capas a la vez que las va abandonando. Un trabajo físico excelente y una aproximación tan rupturista y transgresora como el texto requiere. Díez es la gran embajadora de la propuesta de Aran.

Si este texto llegara a manos de Neil LaBute, el estadounidense se daría cuenta que se puede transgredir con sentido. Es decir, se puede tener ganas de cargárselo todo no tanto desde la rabia sino desde la necesidad extrema de construir algo mejor, más razonado y en concordia con las necesidades intrínsecas al ser humano. La confrontación individual en un contexto social colectivo y el arte dramatúrgico como herramienta para llevarlo a cabo. Sin duda, el talento de Aran en este sentido es tan envidiable como digno de estudio.

Finalmente, La noia de la làmpada nos sitúa en un territorio inexplorado con urgencia y persuasión. Tanto por la realidad que refleja, por la manera cómo lo hace y por la reflexión que despierta. La incomodidad creciente que nos embarga pronto deja de serlo hacia lo que estamos viendo y escuchando para trasladarse hacia el cuestionamiento de nuestra propia manera de pensar, aceptar o tolerar ciertos constructos sociales fundacionales. Sin amabilidad ni subterfugios, detonando y minando cualquier ornamento aproximativo o discursivo. Un hallazgo.

Crítica realizada por Fernando Solla

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