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05.11.2017 Críticas  
La maquinalización (multimedia) del hombre corriente

El Temporada Alta 2017 recibe la visita de los británicos 1927. Golem es un espectáculo que se podría calificar como representación fílmica y hace honor al estilo de la compañía. Interpretación, música en directo, animación y cine para obsequiarnos con una obra dramática gráfica que mantiene un dignísimo pulso en escena entre representación convencional y arte multimedia.

A partir de la inversión de la figura mítica judía del Golem, el hombre de barro modelado por un hombre para que trabaje para él, se ha articulado un artefacto escénico que haría las delicias del mismísimo George Orwell. Suzanne Andrade y Paul Barritt han ideado un texto y un envoltorio que se convierten en dos protagonistas más de la propuesta. La primera sorpresa es la inversión de la línea temporal tradicional en una distopía futurista. El paralelismo que se establecerá será entre nuestro presente y el pasado inmediato que ha desembocado en nuestra situación actual. En cuanto a la relación con la tecnología y cómo ésta delimita nuestros cánones de conducta y organización social y laboral.

Esta decisión ha permitido a Barritt localizar el diseño del filme y la animación (también de la obra) en una estética de entreguerras que nos atrapa por completo. El vestuario de Sarah Munro es excepcional, de un cromatismo y un diseño que se va modificando a la vez que hace avanzar el hilo narrativo de la función. En consonancia con el diseño de pantalla de James Lewis y una iluminación cuyos trucos se nos antojan mágicos (propiciando unas entradas y salidas increíbles), el efecto hipnótico será el mejor conductor para que el texto cuaje y las ideas desarrolladas a través de la ficción de los personajes vayan mellando y despierten nuestra inquietud de raciocinio. De este modo, será el uso multimedia el que nos introducirá el que generará significado y contenido. El diseño de sonido de Laurence Owen es el vehículo idóneo para que la parte fílmica y el texto escénico convivan muy felizmente y se confundan en uno solo.

Hablábamos de inversión del mito. Al Golem se le crea a partir del barro, por lo tanto es moldeable. Por intervención divina se le da vida. Es fuerte pero no inteligente y, lo más importante, no puede hablar. El protagonista de la obra que nos ocupa no es de barro pero sí indeciso e influenciable. Proyecta su capacidad de hablar en el muñeco que, progresivamente, se irá actualizando y tomando las riendas del liderazgo. Habla pero no razona, acata pero no cuestiona. Y, por supuesto, lo hace sin darse cuenta y creyendo que es él quién domina. El mito del folclore popular se convertirá en el resultado de la sociedad de consumo y de la publicidad como generadora de necesidades. De este modo, 1927 y en especial Andrade, Barrit y la dramaturgia de Ben Francombe, rompen una importante lanza en defensa del formato como potenciador para contar su historia. Nos deslumbrarán pero no alienarán con el uso tecnológico alineándolo a las mil maravillas dentro del contexto y contenido narrativo de la función.

Por último, la música de Lilian Henley y los tambores y percusión de Will Close nos inducen a un estado entre la ensoñación y la vigilia. Gran parte será interpretada en directo por algunos miembros de una compañía inspiradísima y responsable en última instancia del éxito de la función. Genevieve Dunne, Philippa Hambly, Rowenna Lennon, Felicity Sparks y Nathan Gregory realizan un trabajo transversal excepcional. Su figuración escénica y frente a la pantalla y su integración con la escenografía (fílmica y no) es total y fantástica. Su aproximación al texto, a las canciones y, especialmente, su lenguaje facial y su trabajo físico nos cuentan la historia a la vez que se integran y nos incluyen tanto en la acción como en el estilo tan particular de la compañía. Un triunfo, también de la caracterización y conversión del cuerpo en principal herramienta comunicativa de los intérpretes. Mención especial para Ben Whitehead, que pone voz a Golem.

Finalmente, Golem representa una oportunidad de lujo para descubrir o seguir indagando en el universo de una de las compañías que mejor entiende la innovación escénica y el lenguaje multidisciplinar vinculado a las artes escénicas. El Canal ofrece la proximidad y la perspectiva necesarias para que no perdamos detalle y, a la vez, captemos todos los detalles que integran la función. Por la elocuente adaptación del mito y la perfecta adecuación de la temática y la aproximación a nuestro presente inmediato. Por unas interpretaciones excepcionales y una precisión técnica impecable. Por todo lo descrito hasta aquí, probablemente nos encontremos ante una de las propuestas más incendiarias del certamen.

Crítica realizada por Fernando Solla

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