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03.11.2017 Críticas  
Infinita maraña sobre la condición humana

Algo muy importante está sucediendo en el Teatre Romea. El universo de Max Aub sube a sus tablas de la mano del Centro Dramático Nacional. Doble visita y doble acontecimiento. El laberinto mágico no es sólo un título referencial de nuestra narrativa, sino que ahora se convierte en una excelente obra teatral con un montaje de los que marcan un antes y un después.

La sensibilidad de Juan Ramón Fernández para captar el estilo de Aub y su capacidad para crear personajes con apenas un par o tres de réplicas es un regalo para el espectador. Una labor que logra que El laberinto mágico no sea sólo una pieza que se ve sino también que anima a la escucha activa. Las transiciones entre una escena y otra se aprovechan para introducir nuevos personajes a la vez que se mantienen otros. Todo lo alegórico y poético que se quiera pero nada diluido ni rebajado. La profundización en el universo del autor original puede que sea fragmentaria en su estructura pero nunca lo es en su desarrollo ni en su recepción.

A su vez, el trabajo de Ernesto Caballero consigue depurar la puesta en escena hasta conseguir un resultado sublime. Su labor con los quince intérpretes integrantes de la compañía es pluscuamperfecta. El director ha liderado a todos los implicados en cualquiera de las disciplinas escénicas que intervienen en la función hasta conseguir un trabajo de equipo generoso, coherente, adecuado y deslumbrante. Como espectador es muy emocionante saberse querido, respetado y cuidado por los profesionales que comparten su trabajo. Y esto, aquí, ocurre desde el primer segundo.

Los muertos y los vivos. Los que saben que van a morir y quieren compartir sus últimos minutos de vida con nosotros. Crónicas de muertes anunciadas y, sin embargo, se respira optimismo incluso en las situaciones más dramáticas. Convicciones e ideales expresados con una asertividad apabullante que nos emociona apelando a la vez a la razón. Situaciones más reconocibles y otras más personales e íntimas. Desde el primer día de la Guerra en Barcelona con Durruti ubicando a sus hombres por Las Ramblas (1936) hasta el bombardeo en el puerto de Alicante (1939). Hombres atrincherados que lamentarán morir antes de haber terminado de leer “El Quijote”, actrices acusadas de espía que ironizarán sobre el poco tiempo que le queda a alguien del gremio para dedicarse a cualquier otra cosa…

Todo desde el punto de vista de los seres anónimos, expresado brillantemente sin tomar partido ideológico, como lo hizo Aub. Un espacio escénico y vestuario de Mónica Boromello que ha sabido elegir cada pieza y cada objeto consiguiendo que aporten un significado y que los intérpretes integran en su propio movimiento. Una iluminación de Ion Anibal colosal y gran ejemplo de adecuación dramática, igual que el espacio sonoro y música de Javier Coble, presente en escena. El impacto que consigue el movimiento de los actores sobre el escenario, ya sea frontal, de espaldas o lateral y su interacción con los sacos que sirven de trincheras es apabullante. Alegórico y sobrecogedor.

Y un reparto de quince nombres propios que dan vida a más de cuatro decenas de personajes. Juntos integran la que probablemente sea la compañía que mejor ha entendido tanto al texto que defiende como a sí misma. Javier Carramiñana, Paco Celdrán, Bruno Ciordia, Karina Garantivá, Ione Irazabal, Jorge Kent, Jorge Machín, Paco Ochoa, Paloma de Pablo, Marisol Rolandi, Macarena Sanz, Juan Carlos Talavera, Alfonso Torregrosa, María José del Valle y Pepa Zaragoza. ¡Bravo, bravo y bravo! Su trabajo físico, movimiento y posición, es inmenso e imprescindible. Y su aproximación al texto excelente, así como su despedida de un personaje para, sin apenas transición escénica, encarnar a otro. Cuando se tiene algo que decir y el talento y herramientas para hacerlo, el laberinto en que se puede convertir el ejercicio teatral se convierte en algo mágico.

Finalmente, si existe la jurisprudencia en las artes escénicas, esta visita es tan esencial y necesaria como irremplazable. No sólo por el valor histórico del material de partida sino también por la reflexión sobre la creación artística que tan bien se ha sabido plasmar en la puesta en escena. Que el Centro Dramático Nacional visite las ciudades por las que sucede la acción y mueva semejante equipamiento técnico y artístico supone un ejercicio tan noble como bondadoso. Necesario, próspero y ufano. Como decíamos, El laberinto mágico marca un antes y un después (y un “durante” mientras dura el visionado que nos mantiene entre el gozo y el deleite constante).

Crítica realizada por Fernando Solla

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