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31.10.2017 Críticas  
La cigarrera se va de marcha

Nos propone el Teatro Real un viaje al imaginario español. Carmen, la ópera más famosa y más representada del mundo llega a Madrid con un montaje que ya levantó polvareda hace 20 años en su estreno. Calixto Bieito firma está propuesta, en la que se aleja de los tópicos para acercarnos a muchos otros.

Georges Bizet, tomando como base la novela homónima de Mérimée creó sin saberlo una de las composiciones operísticas más bellas y más reconocibles. Es escuchar los compases de Carmen y todo el imaginario aparece en la mente de los oyentes. Las cigarreras, la sensualidad, el “toreador”, los soldados rezumantes de testosterona, el sudor, la contienda. Todo eso evoca Carmen. Calixto Bieito despoja la escena de todos los tópicos y nos traslada de Sevilla a una ciudad fronteriza. Bien pudiera ser Melilla, bien pudiera ser La Jonquera. El trasiego de los que trapichean, las prostitutas que se apostan en sus sillas plegables, descampados llenos de coches. Un vestuario que nos lleva a los años 70, pero unas acciones que son fácilmente trasladables a nuestra época. Seguramente que si Calixto revisara la versión que ahora cumple 20 años, la dotaría de algunos teléfonos móviles, pero poco más haría falta para ubicarla en la actualidad.

Lo maravilloso de esta Carmen es que, con ese escenario casi desprovisto de aparejo escénico, se llena hasta el último rincón de todo lo que significa esta legendaria ópera. Un majestuoso coro, tanto adulto como infantil, un grupo de actores, una ingente masa que se mueve al antojo del director y que compone figuras y escenas maravillosas. Hacia la mitad del segundo acto, cuando esa masa se lanza a correr hacía el proscenio, simplemente el efecto que provoca es sublime.

Esta producción que ha llegado al Real se compone de tres repartos distintos. En la función que disfruté, sobresalieron Olga Busuioc en su papel de Micaela y Andrea Caré como Don José, que empezó frío pero fue de menos a más. Stéphanie D’Oustrac en su papel protagonista de Carmen estuvo correcta, destacando más en la parte interpretativa que en la vocal.

Un Real lleno hasta la bandera (aparte de la bandera que preside casi todo el primer acto), se dividió en opiniones, escuchándose varios abucheos tanto durante la representación como en los saludos finales. Entiendo que despojar a Carmen de todo lo que se supone que es Carmen puede ofender a algunos. Máxime si el tono interpretativo se acerca más a una Carmen choni que a la cigarrera sensual y conquistadora. Yo he de reconocer que me divirtió sobremanera y no eché de menos toda la fastuosidad escénica que se le presupone a la ópera más famosa de la historia. El segundo acto contiene momentos de verdadera belleza, el simbolismo de ese gigantesco toro que tanto representa lo patrio, y que se descompone ante la belleza y el dominio de la feminidad. El desenlace es de un lirismo sobrecogedor.

Es esta Carmen una atrevida vuelta de tuerca que sorprende a muchos, enfada a unos pocos y agrada a la mayoría. Un bello ejemplo de que la ópera es muy atrevida.

Crítica realizada por Moisés C. Alabau

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