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21.10.2017 Críticas  
No valen las sutilezas

Toni Moog vuelve al Club Capitol. El popular humorista escribe, dirige e interpreta Hollymoog. Una aproximación algo más blanca de lo que estamos acostumbrados cuando nos enfrentamos a uno de sus monólogos pero que conecta con su estilo y su público. En esta ocasión, el séptimo arte sirve como excusa para perpetuar una manera de entender el humor.

El talante canalla del humorista es su mejor carta de presentación. A base de “frenadol” se aclara una garganta más herrumbrosa que nunca. No sabremos si es un rasgo inherente a su propia naturaleza o un tic interpretativo, pero la verdad, es que se ha convertido en marca de la casa. Moog repasa los diferentes géneros cinematográficos muy por encima y aunque el contenido no se aparte demasiado del lugar común, su manera de dirigirse al público y articular las palabras copan todo el protagonismo.

De lo que no cabe duda es de su capacidad de improvisación y de incluir todo lo que pasa en la sala en un guión que parece improvisado. La verosimilitud y naturalidad del cómico para incluir al público sin incomodar, disfraza de escarnio una amabilidad muy bien maquillada bajo el tono gamberro que prevalece durante la función.

Toni Moog es generoso y sabe cuándo ceder el protagonismo a su compañero Miky McPhantom. Prácticamente no hay puesta en escena más allá de los muy ocurrentes y talentosos efectos de sonido de su compañero. Realizados en riguroso directo, Mcphantom se convierte en co-protagonista de excepción, ya que cuando él aparece Moog decide abandonar el escenario durante un buen rato.

Quizá se echa de menos algo más de interacción entre ellos, aunque compartan un último tramo que eleva el conjunto del espectáculo. No en vano, Moog ha sido DJ y técnico de sonido y se nota su criterio en este apartado. Por mucho que se trate de una función que no necesita seguir un hilo narrativo más elaborado que la premisa o tema elegido, esta fragmentación le resta algo de ritmo al conjunto.

Se agradece la voluntad de ofrecer un material distinto y de alejarse del lugar de confort de probada solvencia en este mismo espacio. El no llenar el patio de butacas a cualquier precio y compartir un acercamiento humorístico que difiera de lo que podríamos esperar teniendo en cuenta el título del espectáculo. El que espere un greatest hits de frases célebres que se vaya olvidando. Sólo aparecerán en el dorso del programa de mano

Finalmente, es innegable la capacidad de convocatoria de Moog y la fidelidad de un público que aprecia tanto su persona como sus ocurrencias. Hollymoog es, en definitiva, un espectáculo que ofrece lo que promete. Quizá no depare muchas sorpresas pero, sin duda, sabe cómo satisfacer a sus feligreses.

Crítica realizada por Fernando Solla

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