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11.10.2017 Críticas  
Manipulación simplista

El Teatro Bellas Artes de Madrid inicia temporada con un “controvertido” texto del afamado dramaturgo David Mamet. Oleanna, ya representada en España con anterioridad con no mucho éxito, vuelve a las tablas con una propuesta que se desinfla a medida que los minutos pasan.

El texto de Mamet levantó polvareda mediática allá por 1992, al coincidir el texto con un hecho real y muy parecido al que cuenta la historia. El texto tiene su intención y su dosis de mala leche necesario, pero el tiempo le ha hecho flaco favor. Este es un texto que requiere de cierta dosis de intriga y maldad que en este montaje se echa mucho en falta.

Una alumna se presenta en el despacho de su profesor para solicitar una revisión de su nota, aludiendo falta de comprensión de las lecciones impartidas por el profesor. El profesor se halla en un momento de triunfo personal, a punto de comprarse una nueva casa y de firmar un puesto vitalicio como catedrático en la facultad. Las posiciones de poder parecen inamovibles en un principio. Pero a medida que las escenas transcurren, el poder cambiará de manos. Todo eso queda bien subrayado por una efectiva escenografía de Mónica Boromello, que hace bascular el poder de un lado al otro del escenario.

En el papel de maestro y alumna tenemos a Fernando Guillén Cuervo y a Natalia Sánchez, dirigidos por Luis Luque. Aunque en un principio captan la atención, enseguida se convierte en un dialogo monótono y pesado. El profesor se va descomponiendo, va perdiendo poder, manipulado y herido. La alumna que parecía desvalida y frágil se erige en el brazo ejecutor de la sentencia. Unas muestras de cariño excesivas por parte del profesor, unas insinuaciones demasiado explicitas serán usadas para poner en jaque la integridad y estabilidad del futuro catedrático. Cierto es que le corresponde al espectador juzgar los motivos e intenciones de uno y del otro. Le corresponde al espectador comulgar o no con la última frase que se oye en escena, pero eso que debería sonar como un disparo que explotara en las sienes de los espectadores, se queda en un leve cosquilleo. Falta empaque y voz, falta rabia y malas artes. El combate es plano, cuando se supone que debería ser una montaña rusa de sentencias y replicas.

La sensación que me queda es de vacío. Una historia que se ha quedado como añeja. Como que le faltan mimbres para que en algún momento me emocione o me perturbe, más allá de la previsible manipulación de unos hechos ya de por si reprobables. Quizá con otro tipo de propuesta Oleanna pueda remover más. Esta se me queda en un intento al que le falta mucha potencia.

Crítica realizada por Moisés C. Alabau

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