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29.09.2017 Críticas  
La fisicidad insigne del individuo dentro del grupo

El Mercat de les Flors inicia temporada con el estreno de Producció Nacional de Dansa. Un programa doble compuesto por L’Estol, de Roser López Espinosa y Many, de Thomas Noone. Una joven compañía integrada por ocho bailarines interpreta ambas piezas que, aunque funcionan a título individual, consiguen mayor impacto en su complementación.

Esto es así, en gran parte, a la evolución vinculante del espacio escénico de Max Glaenzel entre ambas piezas. Vacío, blanco y abierto en L’Estol y con una suerte de monolito cuyo cromatismo juega con los tonos cromáticos del vestuario para Many. Esté será el único elemento físico (además del cuerpo de los intérpretes) que ocupará el escenario. Situado al fondo de la caja escénica, amplificará por completo la posibilidad de entradas y salidas, así como la perspectiva del espectador. Quizá evocando una gruta o guarida que el grupo humano que representa la compañía quiere abandonar. Líneas geométricas siempre en contraste con el movimiento delimitado por la coreografía y los cuerpos.

En L’Estol los bailarines se transforman (sin más caracterización que sus movimientos) en un grupo de aves migratorias con un deseo imperante de volar a toda costa. Resulta realmente espectacular la compenetración y coordinación de los ocho intérpretes para recrear y entretejer un entramado de cuerpos en constante combinación. La complicidad de todos ellos, así como sus aptitudes físicas para desarrollar la tarea, es admirable. Tan física como adecuada a lo que se quiere explicar. La música original de Ilia Mayer y Mark tiñe con tintes electrónicos todo el conjunto haciendo tangible lo elegíaco. En un mismo registro, el vestuario de Lluna Albert y López Espinosa apaga los colores gris y azul para crear un verdadero elemento cohesionador de este grupo. Desde un primer momento, la coreografía nos incluye en este viaje migratorio sin introducción. Sin duda, un gran hallazgo de López Espinosa entendido a la perfección por los intérpretes.

A su vez, en Many encontramos elementos y registros reincidentes pero enfocados desde otro punto de vista. Manteniendo esta abstracción, la evolución narrativa vendrá delimitada por la hermosa música de Philip Sheppard y, por supuesto, del movimiento. Como es habitual en Noone, mucho más atlético, pero igualmente poético. Los ocho intérpretes (y llegados a este punto merecen ser nombrados) ejecutan y mantienen un pulso vibrante para plasmar cómo el individuo quiere destacar de entre la masa humana o cuándo quiere desaparecer en su interior. Un gran reflejo de la construcción y desarrollo, casi siempre evolutivos, del grupo social. Iris Borrás Anglada, Nora Baylach Delgado, Samuel Minguillón, Maria Hernando Blasco, Enrique López Flores, Roberto Provenzado, Daniel Rosado Ávila y Andrea Vallescar García Omeany saben cómo plasmar esa aparente contradicción entre individualidad, vulnerabilidad, soledad, homogeneidad y anonimato. Una pieza delicada cuya indeterminación narrativa es mucho más concisa de lo que pueda parecer. De nuevo, muy adecuada para explicar lo que pretende.

El verdadero juego lo promueve (y gana) la iluminación de Joana Serra y Jimmy Ström, respectivamente. Cada uno a su manera consigue trazar y mostrar los distintos estadios por los que pasan estos dos grupos de cuerpos. Creando la ilusión en nuestra mente de la concepción de los distintos paisajes que no veremos y por los que transitarán tanto animales como humanos.

Toda esta expansión se traduce en el criterio de exhibición de esta Producció Nacional de Dansa, que tras su paso por el Mercat de les Flors se programará en distintos teatros municipales de nuestro territorio. Migración, grupo, espacio y exhibición en un ejercicio muy sano tanto para la producción como para la distribución de la danza como disciplina escénica.

Finalmente, nos encontramos ante una propuesta que va mucho más allá del planteamiento de partida. Independientemente de la necesidad de pensar a lo grande en cuanto al formato de una producción nacional, algo que aquí se cumple indiscutiblemente, el resultado final es destacable tanto a nivel de compañía como en el marco estético y alegórico. De la animalidad de L’Estol al factor más humano y primigenio que nos define como sociedad o grupo de Many, tanto los intérpretes como los coreógrafos y el resto de implicados en todas las disciplinas artísticas comparten unos trabajos muy bien ejecutados y de factura impecable.

Crítica realizada por Fernando Solla

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