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12.09.2017 Críticas  
Recuerdos (re)inventados que delimitan nuestro presente

El último trabajo de Helena Tornero cambia de hábitat para representarse en el interior de un espacio escénico. El Maldà se transforma en el nuevo hogar de Estiu, obra que se pudo ver en la última edición de Terrats en Cultura y que recibe una merecida prolongación de su recorrido en este inicio de temporada. Un texto con múltiples capas que ofrece, siempre, más de lo que parece.

Estiu es una pieza que consigue con sus muchos contrastes, formales y de contenido, una repercusión intrínseca progresiva y persistente para el espectador una vez ya ha finalizado la representación. El espectáculo enlaza perfectamente con “No parlis amb estranys (fragments de memòria)”. De aquél, Tornero mantiene esa estructura de mosaico, aparentemente inconexa. Sin necesidad de atar cabos ni de sentar cátedra, consigue mostrar la herencia de un ideario y de unos sucesos no tan lejanos y todavía oscuros y vergonzantes y la cautividad a la que nos someten a día de hoy. Todo vinculado y vehiculado mediante los lazos que (des)unen a tres hermanas.

Espacio geográfico y espacio interior. El espacio de la representación y la necesidad de manifestar con el embellecedor de los distintos géneros literarios (novela, cuento y pieza teatral) una realidad. La ficción como punto de encuentro. El cuento que encierra bajo su dulce forma una realidad salvaje y cruenta que antes de la asfixia, nos permite al fin reescribir (y confesar) nuestra historia. Memoria histórica, sí, pero esta vez de dentro hacia fuera. Cómo lo externo influye en la configuración del carácter y la identidad personal y familiar. Secretos, olvido, desarraigo, retorno.

Todo hilvanado a través de una dramaturgia que no tiene desperdicio. Sin costumbrismo pero recurriendo al formato de retrato veraniego. En un principio y (sólo) en apariencia ligero. Verano que todo lo detiene y que cuando desocupa la mente de pensamientos banales o rutinarios nos sumerge en el peligroso y profundo océano de nuestra consciencia. Banda sonora de nuestra infancia (muy bien elegida) que en realidad tapa, en combinación con el sonido del oleaje del mar, las palabras que nunca dijimos.

Aquí juega un papel muy importante el cambio de formato escénico. El lugar de la acción es un terrado. La experiencia inmersiva que podía suponer ver la obra en una azotea se amplifica sobremanera al introducirse en el interior de una sala, ya que las resonancias e impacto pasan a asimilarse de una manera mucho más profunda. El espacio escénico se convierte en nuestro pensamiento. La capacidad alegórica del trabajo de Tornero, tanto en la dramaturgia como en la dirección, resulta apabullante. Muy sutil y bien utilizado el uso de las marcas en el suelo para delimitar el espacio de la evocación de los personajes de su propia historia dentro de la propia obra de teatro que ve el espectador. Y muy buen vestido el de la iluminación y el espacio sonoro de Adriana Manso.

Sin duda, esto no sería posible sin el trabajo de Iona Balcells, Lorena Hernàndez y Marina Collado, integrantes de La Fil·loxera. Tres aproximaciones muy distintas para tres personajes que también lo son. Geniales las tres en el contraste dialectal, imprescindible para el éxito de la propuesta. Balcells sorprende con una gestualidad y expresividad que impiden apartar la mirada de su figura. Ademanes de primerísima actriz que podrían llenar el mayor de los auditorios. Y qué silencios. Hernández consigue grandes momentos cómicos cuya progresión dramática sucede sin apenas mostrar costura alguna. Collado, a la vez, sobresale en sus silencios y en su aproximación a la espontaneidad propia del personaje más joven de todos. Las tres realizan una gran trabajo corporal cuando deben seguir las acotaciones “en vivo” que realizan sus compañeras en escena. A nivel individual y en conjunto.

Estiu provoca un choque, un verdadero encontronazo y colisión. No sólo en lo que explica sino en la reflexión en paralelo que se hace sobre las aproximación desde el teatro. Pocas veces se consiguen plasmar imágenes tan vívidas en la mente de un espectador sin recurrir a un sólo fotograma y siempre a través de las palabras y las interpretaciones. Una obra que deja huella, con un simbología que marca, emociona y conmociona hasta despertar, con éxito, nuestra capacidad para el discernimiento.

Crítica realizada por Fernando Solla

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