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31.07.2017 Críticas  
De la pequeña llama al gran incendio

El Gran Teatre del Liceu cierra definitivamente la temporada con La vídua alegre de Franz Lehár. Una opereta que no se escuchaba en la casa desde hace casi cuatro décadas y que se ha escenificado en formato de concierto. Una velada musical de envergadura que ha propiciado un muy feliz reencuentro con el compositor austrohúngaro.

La elección de los cantantes líricos ha sido clave para el éxito de la propuesta. No menos que la decisión de alternar en algunos papeles a miembros del Cor del Gran Teatre del Liceu. No sólo por las voces sino también por sus dotes interpretativas, hemos tenido la sensación de que nuestra visita a La vídua alegre ha sido completa. Se han seleccionado algunos de los fragmentos más representativos, algunos instrumentales y otros cantados. Músicos y coro sobre el escenario con un enorme telón de fondo donde, a modo de ciclorama, se proyectaba la luz de los focos, cambiando de color según el tono musical o el personaje protagonista de cada escena o momento. Incluso coincidiendo con el vestuario de la parte femenina del coro.

Es muy significativa la elección del formato concierto para cerrar la temporada. Subir al escenario a la Orquestra del Gran Teatre del Liceu y, que junto al Cor, asuma el protagonismo y se convierta en la parte visible, no deja de ser un reconocimiento al buen trabajo realizado durante toda la temporada. Y hoy no ha sido de otra manera. A destacar la aportación de las “grisetten” Carmen Jiménez, Maria Such, Olatz Gorrotxategi, Àngels Padró, Mariel Aguilar y Olga Szabó. Junto a la soprano Vanessa Goikoetxea han ofrecido uno de los momentos más sorprendentes de la noche y han sido embajadoras de la vertiente más cómica y pícara de la opereta de Lehár.

Josep Pons ha sabido cómo adecuar el tono imperante e integrarlo en la mejor tradición de la opereta vienesa, de la que La vídua alegre es una pieza clave y referencial. A destacar también el buen hacer de José Luis Casanova, Omar Jara, Emili Rosés, Sung Mun Kang, Josep Lluís Moreno y Miquel Rosales, que han encarnado los roles de los distintos nobles.

Precisamente Goikoetxea (Valencienne) nos ha cautivado desde su primera aparición en escena. La soprano ha realizado un trabajo no sólo impecable sino también muy expresivo y eminentemente comunicativo. Junto al tenor americano Ben Bliss (Camille de Rosillon) han formado una pareja excelente. Lo mismo ha sucedido con el barítono danés Bo Skovhus (Danilo Danilowitsch) y la soprano alemana Angela Denoke (Hanna Glawari). Un tándem muy aplaudido, no sólo por su exquisita adecuación vocal, sino por su capacidad para transmitir la doble capa de lectura de la pieza. Esa festividad en la que se pueden transformar y contradecir internamente las pautas de conducta y pensamiento imperantes en la sociedad. Los cuatro han provocado el entusiasmo del público, que como recompensa ha ofrecido una cerrada y larguísima ovación final.

Finalmente, La vídua alegre ha sido un concierto que ha permitido comprobar de nuevo el buen estado de salud de nuestra casa de ópera para acoger títulos y artistas referenciales de cualquier repertorio y procedencia y dirigirlos bajo una única batuta. La visita de Denoke, también de Skovhus, Bliss y Goikoetxea, ha cumplido con creces las expectativas y, también, los requerimientos vocales e interpretativos de la pieza. Algo que nos hace pensar que, después de 37 años no sería nada descabellado programar este título con una producción completa. Más teniendo en cuenta que la temporada que viene, se repone el montaje de Susan Stroman en el Metropolitan.

Crítica realizada por Fernando Solla

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