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25.07.2017 Críticas  
Bealia Guerra, embajadora de lujo de SUGAR Kane

El recorrido de Sugar es caso insólito. Redefine muy bien la convivencia entre éxito, formato y exhibición. El musical vuelve a los escenarios por tercera vez en dos temporadas. En su nuevo hogar, la certeza que nos invadió en nuestro primer acercamiento permanece. Sin adulterar su esencia, esta puesta de largo del espectáculo se adecua a la perfección a nuestras expectativas.

Un gran triunfo de la función es que desde su inicio descarta comparaciones con el material en que se basa el libreto de Peter Stone. El guión de Billy Wilder e I.A.L. Diamond sirvió de base para una de las comedias más celebradas de la época dorada de Hollywood. Marilyn Monroe, Tony Curtis y Jack Lemmon convirtieron a Sugar Kane, Joe/Josephine y Jerry/Daphne en personajes icónicos tanto de sus carreras como del género en cuestión. Y aquí no aparecen ni por asomo. El acercamiento a los personajes se hace desde la originalidad propia de cada uno de los intérpretes y, en este sentido, el éxito es más que considerable.

De Hollywood a Broadway, Peter Stone escribió el libreto y Jule Styne y Bob Merril la música y las letras, respectivamente. Un estilo algo anacrónico a día de hoy, pero que en su momento todavía recogía el testigo de una manera de hacer y de entender el género musical. Una partitura que acompaña a la historia de manera algo ornamental pero que la dirección musical y los arreglos de Bernat Hernández ha sabido integrar con energía y vigor en la puesta en escena de nuestra Sugar, interpretada por nueve músicos que comparten escenario con el resto de intérpretes.

Pau Doz ha sabido equilibrar con su dirección la validez que tendrían a día de hoy muchos de los preceptos y valores que se desprenden de la actitud de los personajes. Lejos de reproducir personajes planos o anacrónicos ha sabido vehicular el trabajo del elenco como muestra representativa de un vodevil con mucho cariño y, en este terreno, el éxito es rotundo. A la comedia teatral construida a partir de diálogos más o menos picantes y los enredos argumentales y amorosos se les une la priorización de la coreografía de Laura Olivella como otro más de los protagonistas principales.

El trabajo de todo el elenco se ha adecuado a estas directrices y su trabajo es notable. En el caso de los protagonistas, se mantiene la feliz convivencia entre Bealia Guerra, Xavi Duch y Rubén Yuste. Los dos últimos realizan muy buen trabajo en su juego transformista y de su compenetración sale muy favorecido el espectáculo. Ambos saben cómo aprovechar su complexión física para aportar comicidad a sus interpretaciones, individualmente y por contraste. Duch propicia momentos desternillantes y Yuste sabe cómo dotar de profundidad a su personaje al interpretar canciones que, por sí solas, podrían pasar desapercibidas (su enamoramiento de Sugar, por ejemplo).

Bealia Guerra interactúa con los dos y propicia que el juego con cada uno llegue a buen puerto. Ha sabido encontrar el punto perfecto entre ingenuidad, picardía, sensualidad, sutilidad y comicidad. Con su acercamiento a Sugar, ha dado en el clavo. Muy buena interpretación, redondeada con una no menos acertada ejecución de las canciones. En el terreno de la coreografía todo se magnifica todavía más y consigue hipnotizarnos con la perfección de cada movimiento. Sin duda, lo más espléndido y espectacular de la función. La sensación de Sugar es Bealia Guerra.

A nivel escenográfico, Pau Doz ha sabido aprovechar el nuevo espacio escénico para dotar de profundidad de campo y multiplicar la posibilidad de entradas y salidas, manteniendo el doble nivel de la anterior visita y aumentando algunos detalles de utilería, siempre pensando en su aportación al conjunto y abandonando cualquier intención acumulativa gratuita. El cambio de idioma está muy bien trabajado y realmente tenemos la sensación de encontrarnos ante un montaje tan fresco como los dos anteriores.

Finalmente, resulta muy gratificante para el espectador y el aficionado al género que surjan iniciativas tan sugerentes (y arriesgadas) como resulta poner en escena SUGAR. Un espectáculo al que, por lo que hemos podido observar en esta tercera ocasión, todavía le queda mucho recorrido por delante. Y de nuevo, un placer comprobar el buen estado de salud de un elenco y la constatación de una primera figura como Bealia Guerra. Al verla nuestras mandíbulas corren peligro, porque su asentamiento como triple threat (interpretación-canto y baile) nos deja boquiabiertos desde su aparición en escena. Avisados quedan.

Crítica realizada por Fernando Solla

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