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14.07.2017 Críticas  
La muerte en escena

El Teatro María Guerrero de Madrid acoge Inconsolable, un texto de Javier Gomá que dirige Ernesto Caballero y protagoniza Fernando Cayo.

Se trata de un monólogo surgido tras el fallecimiento, en el año 2015, del padre del director de la Fundación Juan March en el que salen a luz reflexiones interiores que van más allá del dolor personal del protagonista al que acompañamos durante sus primeros cuarenta días de duelo. El patio de butacas se convierte en un espacio en el que compartir pensamientos y experiencias sobre lo que es la muerte y la pérdida; y se trata de saborear ese momento ya que fuera de ese lugar no solemos otorgar el poder de la palabra a este proceso natural que forma parte de nuestra condición humana, puesto que todos pasamos por periodos de duelo de mayor o menor intensidad a lo largo de nuestra vida. Es un monólogo que no va a dejar indiferente a nadie que tenga la ocasión de acudir al teatro María Guerrero, puesto que cada uno de los allí presentes integrará lo que está presenciando con su propia experiencia. No existe una única manera de vivir la orfandad pero todo lo mencionado sobre las tablas –la muerte- nos une con el resto de los seres humanos presentes ahí; es por ello que a lo largo de la función no he dejado de hacerme consciente de nuestra fragilidad y, por tanto, del sentido de nuestra existencia en la que debemos buscar y encontrar motivos para emocionarnos a pesar de la certidumbre de nuestro destino.

La mayor parte del valor de Inconsolable radica en la brillante actuación de Fernando Cayo. Aún sigo maravillada por el esfuerzo que presencié y por todo el trabajo que debe haber detrás de esta interpretación; cuánto tiempo para ser capaz de memorizar todas y cada una de las palabras que componen el texto y poder exponerlas con ese énfasis y esa gestualidad que dota de sentimiento a esta obra filosófica. Todo ello acompañado por la sencilla pero acertada escenografía –una plataforma levemente inclinada, un sillón y varios libros- de Paco Azorín y la sobresaliente iluminación de Ion Aníbal que consigue jugar con las luces y las sombras como si éstas fueran compañeras de reparto del actor vallisoletano. Gran sincronización entre todo el equipo artístico.

Debo reconocer que no toda la función mantiene el mismo ritmo y quizá al comienzo cueste entrar en la misma, pero todo esto importa escasamente cuando nos encontramos frente a un conmovedor texto que combina filosofía, inteligencia e incluso pequeños toques de humor que recrean, según las propias palabras del autor, una experiencia tan personalísima como universal.

Inconsolable es un potente ejercicio teatral, que permanecerá en cartel hasta el 23 de julio, de gran calado en torno a un tema que a todos y todas nos incumbe.

Crítica realizada por Patricia Moreno

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