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07.07.2017 Críticas  
Magnífica acción ultradisciplinar

La Sala Atrium recupera un espectáculo que supera cualquier frontera mental a la que nos podamos enfrentar cuando nos acercamos a un espectáculo. Watching Peeping Tom es una pieza inquieta y muy generosa que trasciende continente y contenido y que sobresale en su capacidad para convencer al público a través de la persuasión (artística) manifiesta.

Alícia Gorina ha ideado una obra teatral que es una conferencia y a la vez instalación. Una muestra fiel a un estilo y una visión particular y, tras la experiencia, compartida y asimilada como propia. Se suele decir que un artista, independientemente de la disciplina a la que circunscriba su ámbito de actuación, básicamente se muestra ante el público. Aquí, esta inquietud va muchísimo más allá. De una manera tan insólita como comprometida, nos encontramos ante una genuina declaración de principios a la inversa. Es decir, mostrando cuánto de personal se inmiscuye en el proceso de creación e incluso en el resultado final de la manifestación artística y no al revés.

Para ello ha recurrido a su padre, el crítico cinematográfico Àlex Gorina. Y a sí misma, o su alter ego escénico, la actriz Patrícia Mendoza. Juntos nos acompañas, nos adentran y nos incluyen de un modo que supera con creces todas nuestras expectativas. Si tuviéramos que resumir en una palabra lo que consigue plasmar Watching Peeping Tom, esa sería convivencia. Su manifestación y recreación dramática. Del teatro y del cine. De la hija y el padre. Del espectáculo y el público. Pero es que no hay compendio posible. Todo se expande y se multidimensiona y las inquietudes de cada uno se explican a través de su pasión por el cine y el teatro, respectivamente

Y todavía más importante: esa necesidad de crear, de compartir y de convivir se transmite al espectador y se vuelve recíproca. Todo perfectamente vehiculado a través de la naturaleza de la propuesta. Una acción teatral que muestra todas sus costuras en apariencia cuando, en realidad, no vemos ninguna y vamos absorbiendo todas y cada una de sus capas. Y, a estas alturas no sólo de la temporada sino de la experiencia teatral que acumulamos año tras año, podemos afirmar que uno se siente muy afortunado de participar de algo así. Algo único.

No desvelaremos ningún detalle, porque hay que disfrutarlo en primera persona. Es indescriptible como Gorina consigue liderar todo el conjunto, en colaboración con la dramaturgia de Ferrar Dordal. La mezcolanza de experiencias y opiniones personales, de situaciones que en algún momento han sido traumáticas en la vida de los implicados, de cómo ha influido el cine en la manera de ver el mundo y en las experiencias familiares y viceversa. Y como todo vuelve y se recoge a través del teatro. Asistimos a la muestra de cómo todos estos elementos en combinación configuran la identidad de la hija y el padre.

Y es que Watching Peeping Tom es, en definitiva, una muestra de amor filio-paternal. Una necesidad de devolver(se) y de mostrar(se), entregándose mediante el ámbito en el que uno se siente magnificado y exponenciado a su máxima expresión. Increíble. Y todo a partir de un slasher de culto, una muestra de cine dentro del cine que aquí se convierte en teatro dentro del teatro o cine dentro del teatro, teatro dentro del cine doméstico y viceversa. Una iluminación perfecta de Raimon Rius y una creación visual de Silvia Delagneau que no se queda atrás terminan de redondear la propuesta.

A destacar el extraordinario trabajo de Patrícia Mendoza, que se convierte en Gorina (hija) sobre el escenario y que de alguna manera guía todo lo que allí sucede, especialmente a su compañero conferenciante, un Gorina (padre) pletórico y más cercano que nunca. La actriz realiza una labor memorable, un verdadero ejercicio de transformación vampírico que también se puede extrapolar al espectador (cinematográfico o teatral) y ese ejercicio voyeurista en el que participamos cuando nos entregamos a una ficción (o no) de estas características. Desdramatizando situaciones que anímica y psicologícamente pueden llegar a ser muy crudas. Asimilándolas y quizá superándolas a través del juego activo y teatral. Imprescindible propuesta.

Crítica realizada por Fernando Solla

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