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03.07.2017 Críticas  
Apoteósico final de temporada en el Teatro Real

El Teatro Real juega bien sus cartas y nos brinda Madama Butterfly de Giacomo Puccini como regalo de fin de temporada. Una de las obras cumbres de la ópera. Un montaje fabuloso y unas interpretaciones que se saldan con ovaciones en pie.

Estrenada en 1904 en Milán, Madama Butterfly es la quintaesencia de la ópera. Giacomo Puccini compuso música eterna para dar vida a la historia de Cio-Cio-San, también conocida como Butterfly. Su contrato matrimonial con el teniente Pinkerton que la lleva a convertirse al cristianismo y a ser rechazada por su familia. Los tres años esperando el regreso de su amado, su confinamiento, solo acompañada por Suzuky la fiel sirvienta y el hijo nacido del amor a Pinkerton y que él desconoce. El regreso del teniente, acompañado de su esposa americana llevará al trágico desenlace. Madama Butterfly entregará su hijo al matrimonio Pinkerton para después atravesarse la garganta con un cuchillo y morir.

Poco más se puede añadir a la belleza de esta historia de amor no correspondido. La música de Puccini pone el resto. La composición es de una belleza sobrenatural, de ahí que Madama Butterfly sea la ópera eterna, la ópera que embelesa al público. Si a ello le añadimos la impresionante propuesta del Real, entonces no queda más que caer rendidos.

El Teatro Real ha recuperado la producción estrenada en el 2002, dirigida por Mario Gas, que sitúa la acción en el rodaje de una película de los años 30. Un gran set de rodaje da la bienvenida al público. Operarios ponen a punto el decorado, mientras que maquilladores y personal de vestuario se afanan en que todo esté listo para el rodaje. Ese preludio inusual en el Teatro Real, en que el barullo del público entrante se mezcla con el fragor de lo que va ocurriendo en escena consigue darle al espectáculo un halo festivo. Toda la representación juega a ese doble juego de los que ocurre en la acción que se filma, y lo que ocurre fuera de ella. Vemos a los actores prepararse, retocar su maquillaje, a los regidores tomando notas y a los cámaras haciendo su trabajo. Una gran pantalla emitirá en blanco y negro las imágenes que se van rodando. Un maravilloso vestuario en tonos blancos y negros, en el que destaca el traje rojo de Cio-Cio-San, es de una belleza y exquisitez superiores. Detalles cuidados al máximo.

Pero para que esta ópera sea un éxito hay que contar con una soprano a la altura de un personaje mítico como es la Butterfly. La albanesa Ermonela Jaho es la personificación de Madama Butterfly. Al inicio del segundo acto, cuando se canta el aria más famosa de esta ópera, a saber ‘un bel di vedremo’, el silencio y la reverencia de un Teatro Real lleno hasta el último palco, estalló en un súbito aplauso que reconocía la belleza y la magistral interpretación de Ermonela. Ni siquiera en las ovaciones finales Ermonela salió de la Butterfly. Se rumorea que el coro lloraba de emoción y que entre cajas el silencio ante la presencia de la personificación de la Butterfly era solemne.

Es tan grande la interpretación de Ermonela Jaho que es difícil calificar al resto. Enkelejda Shkosa es una Suzuky entrañable, el tinerfeño Jorge de León como Pinkerton es todo lo frío que se le supone al personaje. El excelente coro del Real consigue erizar el vello en sus intervenciones. La orquesta suena dulce.

El sentido general al terminar la representación era de una felicidad absoluta. En momentos así la ópera cumple todas las expectativas. Grandeza, emoción, pasión y un espectáculo de una belleza única e irrepetible. El Real despide una triunfal temporada a lo grande.

Crítica realizada por Moisés C. Alabau

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