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28.06.2017 Críticas  
Una gran cómica que gana en la corta distancia

El Maldà nos propone una velada mágica en este final de temporada. La Lloll i El Secret Del Maldà es una espectáculo que, de algún modo, funde e incluye en su misma naturaleza tanto a la artista como al espacio. Una función que, entre sus mayores logros, consigue la participación y escucha activa del público desde el primer momento.

A partir de una idea propia, Lloll Bertrán ha creado la dramaturgia y ha dirigido la función, en colaboración con Bernat Cot. A estas alturas, destacar su figura como un referente teatral sería absurdo. Lo que sí que hay que recordar es que Lloll es una artista con una amplitud de registros dramáticos muy a tener en cuenta. Quizá, su trayectoria más inmediata transcurre más por el terreno de la comedia pero sus trabajos con la compañía de Josep Maria Flotats, entre otros, todavía está muy presente.

El trabajo de la actriz es de una gran generosidad. Sin dar por hecho en ningún momento que su presencia por sí sola es suficiente, y a partir de una selección musical que recuerda a sus mejores creaciones unipersonales, nos explica la historia del conde francés que habitó el Palau Maldà a principios del siglo pasado. Un espectáculo cómico en el que Bertrán despliega tanto sus dotes como cantante como su capacidad como cómica, desde el clown hasta el teatro facial o gestual. Su capacidad para incluir lo que podrían ser sketches aislados a través del hilo narrativo de la historia es tan hilarante como constante y voluntariosa.

A su vez, como podía hacer Charles Chaplin a través de su personaje Charlot, sabe cómo incluir cada gesto o mueca para que aporten no sólo técnica sino una gran ternura y cariño. En el texto, se incluyen muy acertadamente lo que se convierten en pullitas o guiños a la actualidad de nuestro aquí y ahora a través de la ficción. De algún modo, y esto es muy emocionante, tenemos la sensación de descubrirla por primera vez al mismo tiempo que volvemos a ese momento en el que la conocimos años atrás.

Volvemos a “ese” momento, profunda e íntimamente particular y, de algún modo, nos sentimos tal como éramos hace décadas. La confrontación entre nuestro yo de antes y el de ahora (y de nuestra manera de entender, asimilar y disfrutar un espectáculo de estas características) se traduce en algo mágico. En mi caso, volví a ser aquel niño que se sentaba ante la pantalla a ver “El joc del segle” y los anuncios de La Vanessa y, años después se sintió testigo de algo que sintió como único, su “Pigmalió”. Hay que decir, que en el caso que nos ocupa, Lloll domina como nadie las salidas de guión. Momentos como la pausa publicitaria en vivo así lo demuestran.

Lloll Bertrán no está sola en escena. La acompañan Ariadna Cabiró, al piano, y Eduard Autonell, que se convierte en músico, clown, alter ego, técnico, instrumentista y lo que haga falta. La primera acompaña con su instrumento todo el desarrollo de la pieza, como si ejecutara en directo la banda sonora de un filme mudo. Parece desaparecer con su música pero su presencia aporta un vestido muy adecuado para conseguir el ritmo y tono deseados. A su vez, Autonell desprende una comicidad que transmite al público en todo momento, un auténtico clown que nos contagia de esa ilusión y alegría que desprenden tanto su mirada como sus gestos.

Finalmente, la magia sucede y el artículo determinado cobra todo su sentido. “La” Lloll lo es, porque es única. Muchas veces se dice que cuando en un espacio teatral se busca pasar un buen rato, es tarea tan difícil como loable. Probablemente así sea, pero es que con LA La Lloll i El Secret Del Maldà (y Autonell y Cabiró) realmente conseguimos olvidarnos de todo lo que sucede fuera de la sala mientras dura la función. Y la sonrisa que se dibuja e ilumina nuestro rostro durante y tras finalizar la representación persiste inmutable. Y es que en la corta distancia, nuestra Lloll se crece y resulta todavía más grande. Un privilegio la posibilidad de disfrutar de este espectáculo tanto por la/los artistas, como por el espacio.

Crítica realizada por Fernando Solla

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