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26.06.2017 Críticas  
Desde el presente y para la posteridad

El Gran Teatre del Liceu ha estrenado una apoteósica puesta en escena de Don Giovanni. Un montaje que se vale de la alta tecnología como principal aliada para integrarla en la narración operística de una manera sublime, sirviendo siempre al contenido original. La propuesta de Kasper Holten destaca, además, por la elección de un elenco tan inspirado como adecuado.

Nos encontramos ante una ocasión única para entender cómo la escenografía puede descubrir y explicar por sí misma toda la intención tanto de música como del libreto. Consiguiendo, además, una perfecta armonía con el resto de disciplinas que integran de manera natural todo el engranaje operístisco. El trabajo de Kolten sobresale en la manera de mantenerse fiel a una idea y desarrollarla hasta las últimas consecuencias, aportando valor al material original. Es decir, planteando ¿qué puedo aportar yo con mi visión al incunable de Mozart y Lorenzo Da Ponte? y no ¿cómo me impongo al original como excusa para escenificar mi punto de vista? El matiz es muy importante.

Es Devlin (escenografía) y Luke Halls (vídeo) han trabajado a cuatro manos para crear un artefacto tan espectacular como revelador. Holten ha focalizado todo el montaje alrededor de la figura de Don Giovanni y sus obsesiones. Muy acertadamente, Devlin ha situado el enorme esqueleto del palacio del seductor sobre una enorme plataforma giratoria que nos permitirá ver distintos ángulos tanto del exterior como del interior. Escaleras por dónde subirán y bajarán tanto los personajes principales como los fantasmas que residen en su mente. Un sistema de paneles movibles que se abren y se cierran parece que cobran vida siempre en consonancia. Indispensable la gran labor de Bruno Poet en la iluminación.

Sobre toda la escenografía (o sus caras frontales) se proyectará todo tipo de imágenes. Los nombres de las innumerables conquistas, explosiones de color en función de lo apasionado del momento, lágrimas enormes que gotean y resbalan… Todo muy expresionista pero siempre en el plano perfecto para amplificar el sentido de la música y las letras pero sin distraer más que lo imprescindible. El movimiento se confunde con la excelente coreografía de Signe Fabricius. Tanto el juguete escénico como los intérpretes se moverán o pararán en función de las secuencias musicales, ya sean arias, duetos, cuartetos, quintetos, recitativos o adagios. A destacar aquí, la virtuosa y acompasada dirección musical de Josep Pons. Entre todos consiguen captar y plasmar el amplísimo y complejo universo estilístico del compositor.

El trabajo de (y con) los intérpretes es ejemplar. Carmela Remigio (Donna Anna), Miah Persson (Dona Elvira) y Julia Lezhneva (Zerlina) defienden con su registro soprano a sus personajes a través de tres timbres muy diferenciados que imprimen personalidad propia a cada uno de ellos. Una gran labor individual que todavía lo es más en conjunto. A destacar, la famosa aria en fa mayor de la primera, la excelente “Mi tradì quell’ alma ingrata” de Persson, que consigue salir victoriosa con su interpretación de la estructura da capo, y el “Vedrai carino” en do mayor de la tercera. A su vez, Valeriano Lanchas resulta un muy acertado Masetto, así como Dmitry Korchak y todas las intervenciones de su Don Ottavio. Todos ellos consiguen mantener el tono en apariencia coral de la pieza a ocho voces y a la vez, acercarse a sus personajes (tanto vocal como gestualmente) a ese medio terreno entre su caso individual y su naturaleza evocada por un omnipresente Don Giovanni. El Leporello de Simón Orfila es fantástico,. Un trabajo exitoso que sobresale en todos los palos.

Y todavía un estadio más allá, encontramos a Il Commendatore de Eric Halfvarson y, por supuesto, al Don Giovanni de Mariusz Kwiecień. Juntos nos ofrecen un banquete de piedra antológico. Tanto el bajo como el barítono llegan a helarnos el corazón. Su interpretación vocal es magnífica, pero es que su figuración en este tramo crucial de la ópera, en perfecta conjunción con la escenografía, es histórica. Halfvarson sabe cómo mantenerse omnipresente hasta su gran aportación final. Algo que Kwiecień consigue desde el minuto uno hasta que se adueña por completo de la representación. Gracias a él, el perfecto equilibrio entre tragedia y comedia de la pieza se mantiene con pulso firme hasta llegar a ese tétrico final. Su entrega y energía como intérprete es pluscuamperfecta. No hay un solo paso (de los incontables que da) que sea en falso. Incluso sufrimos por ese constante subir y bajar escaleras que parece no afectarle a la colocación vocal. Un trabajo memorable y muy generoso.

Finalmente, hay que destacar de nuevo el ritmo con el que Holten ha sabido mantenerse fiel a la partitura a la vez que escenifica el torbellino psíquico y anímico del protagonista. Gracias al vestuario de Anja Vang Kragh, que marca la época del conjunto con sutilidad y adecuación estética en sus piezas, ha captado a las mil maravillas la atemporalidad posmoderna que, a día de hoy, todavía sigue mostrando la psicología de Don Giovanni. Por su interdisciplinariedad de alcance transversal y compacto, esta puesta en escena marca un antes y un después en la aproximación a la ópera. Uno de los trabajos más redondos que se han podido contemplar en un escenario en décadas. Desde un punto de vista contemporáneo, éste es un modelo que mira cara a cara al futuro (glorioso) de la ópera.

Crítica realizada por Fernando Solla

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